Mostrando entradas con la etiqueta relato. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta relato. Mostrar todas las entradas

domingo, 8 de febrero de 2015

La Paloma Rebelde

Una miguita de pan en tiempos de escasez, mmm… Claro que estÁ en otro tejado, no sé si debo… Me tiene dicho el palomo jefe que no vuele más allá de nuestro edificio, que cruzar la calle hasta el tejado de enfrente me traerá los males del infierno. Pero hace días que nadie tira migas de pan en nuestro tejado y nos hemos de conformar con algún que otro gusano repugnante. ¡Qué hambre, dios!
Hace un día estupendo, ni una nube. No amenaza ni lluvia ni granizo, ni sopla demasiado viento; sólo una brisa ligera, alegre como un arrullo infantil. No veo yo qué peligro puedo correr por volar sólo unos metros. Además, el palomo es un tipo antipático, cada día me fio menos de él. Mientras nosotras nos estamos quedando en los huesos, a él se le ve cada día mejor, más lustroso y henchido.
Claro que… ¿y si tiene razón el palomo? Podría haber alguien -un cachorro humano de esos que tanto gritan, por ejemplo- con una escopeta de balines acechando. ¡Debe doler mucho que te acierten con un balín de plomo en toda la pechuga!
Pero… ¡tengo hambre, jolines! Uy, qué fina me ha salido la queja. Es que antes de que empezaran a escasear la miguillas de pan yo era una paloma muy fina. Incluso algo pija. Entonces, el palomo me caía bien, incluso. Era el más guapo y fuerte y sus plumas olían mejor que ningunas. Claro, que él se comía las mejores migas de pan, pero las migajas que sobraban llegaban para todas las palomas. Bueno, para todas, todas, no: algunas ya vivían en los márgenes más sucios del tejado; a esas las despreciábamos. Y fíjate cómo estamos ahora, todo el tejado está cubierto de suciedad, de vómito de gusano indigesto, y las paredes arañadas porque las hay que, a falta de otro alimento, comen yeso. Hoy, todas vivimos en los márgenes del tejado porque el tejado es en sí un gran margen… del casoplón del palomo. Él sí que vive bien, tiene siempre acopio de migas. Pero no las reparte porque dice que ha de estar fuerte para protegernos de nuestros enemigos.
Hace tiempo que unas cuantas empezamos a reunirnos en la sombra de una chimenea, donde se nos ve poco, para pensar cómo hemos llegado a esta lamentable situación y qué podemos hacer,. Hace unos días, la paloma más vieja nos preguntó en voz alta si alguien sabía quién es ese enemigo, y todas la miradas se dirigieron al centro del tejado, al casoplón del palomo. Nadie dijo nada, ninguna paloma elevó la voz, no fuera que el palomo la escuchara. Se gasta muy mal genio el palomo. Pero salimos de aquella reunión más taciturnas que nunca; incluso con cierto rencor, diría. Las palomas somos de natural buenas y confiadas, pero el hambre aprieta. Temo que pueda ocurrir alguna desgracia si ese rencor crece todavía más. O una revolución, aunque las palomas no somos muy dadas a las revoluciones.
Mmmm, casi la puedo oler, esa miga de pan en el tejado vecino. Sólo tengo que olvidar las advertencias del palomo, dar un salto con un poco de impulso, batir las alas sobre la calle, volar. Voy…

(Pdta: ignoro cómo terminó la historia de aquella paloma. Yo sigo en el tejado, acoquinado por el palomo. El autor.)

miércoles, 28 de enero de 2015

La felicidad del Cyborg.






El cyborg se sentía feliz. Libre. Acababan de cambiarle unas piezas y estaba encantado. ¡Ya era hora de que le hubieran sustituido las viejas piernas por ruedas! Hasta la semana pasada, antes de entrar en el taller, incluso tenía que abrocharse los zapatos voladores a los tobillos ¡en pleno siglo XXVI, qué atraso!

Sintió el leve “¡clik!” del chip bajo la piel sintética de su brazo cuando pasaba frente al cajero del supermercado. Le parecía un atraso, también, que a estas alturas los chips todavía sonaran para avisarle que acababa de pagar en una tienda o en un peaje de la autopista. “Bah, la humanidad avanza siempre a paso de tortuga”, pensó.

Pero hoy estaba feliz. Puso la directa; sus nuevas ruedas le lanzaron a más de 960 km/h por la autovía del Norte. Una hora más tarde, podía contemplar las cumbres de la sierra encendiéndose al amanecer. Siempre que podía acudía a ese lugar, lo que contemplaba allí  le hacía sentirse bien. , Delante de él, bandadas de estorninos dibujaban geometrías en el firmamento; y por todas partes los manantiales, las fuentes y riachuelos le arrullaban con su cristalina canción eterna. Por supuesto, todas esas sensaciones estimulaban recuerdos artificiales grabados en su memoria superinformada. Se preguntó cuál sería la cifra de inputs que habría recibido su cabeza desde que nació. Millones, seguramente. La belleza de aquel amanecer era estimulante. Decidió incrementarla echando mano del depósito de adrenalina que se implantó el año pasado. El amanecer se hizo más luminoso, de colores encendidos más brillantes, la sinfonía de las fuentes se vio aderezada con pájaros barítonos, los grillos batían su innúmera batería, las aves, las plumas como pinceles, trazaban perfiles de poesía en el éter, la brisa acariciaba la cabellera nailon de su melena… ¡Ah, que feliz estaba el cíborg aquel día!

¡Sus nuevas ruedas le habían llevado al  cine del norte en mucho menos tiempo que sus viejas piernas! ¡Ahora sí que podía disfrutar de aquellas películas 3D del cine Islandés casi de inmediato!
Porque lo que más apreciaba el cyborg, era la inmediatez, la velocidad. Sobre todo la de la información. Pensó que, el día de mañana, los hijos que nacieran de su esperma congelado podrían acceder a muchísimos más datos de los que él habría podido soñar. Pero la ciencia tiene sus ritmos, requiere su tiempo. La sustitución de los cerebros orgánicos por sintéticos no sería una realidad hasta la próxima generación, dentro de unos doscientos años. Para entonces, el cyborg habría sobrepasado la edad recomendable para los trasplantes.

En fin, cuando salió del cine sintió de nuevo el click en el brazo. Otra vez. Ese click le exasperaba. ¡Cómo odiaba ese ruidito impertinente que le recordaba sus obligaciones con el Gran Progenitor Informático! ¡Así no había quien se sintiera libre!

Lanzó sus ruedas a más de 850 km/h y no desaceleró cuando llegó a una curva de velocidad aconsejada menor a 170 km/h. En su brazo, el chip se volvió loco de clicks, poniéndole multas a la velocidad de la luz. Pero él aceleró todavía más. Por una vez no iba a hacer caso del Gran Progenitor.

Así terminaron sus días, con el seso orgánico estampado en un árbol de aluminio (hacía años que los de madera habían sucumbido a la industria papelera), bajo el cielo siempre gris, sin sol ni luna, del futuro virtual.

Todo, por culpa de una avería en el dosificador de adrenalina.  

fin.

lunes, 18 de junio de 2012

SOY UN ÁRBOL


(rescato este viejo relato para hoy que amanece tan temprano
espero que os sea grato)


Soy un árbol.

V. van Gogh
Ese incendio allí en el Este y esas estrellas brillando todavía en el firmamento anuncian una mañana soleada. Yo, cuando pienso en el Sol, me retuerzo de placer. Bueno, y si llueve, igual. La verdad es que me gustan los días tanto si llueve como si  luce el Sol. No hay dos días iguales. Como ahora mismo, fijaos ¡qué amanecer!  No sé cómo lo verán los demás olivos de mi bancal, pero es magnífico. Algunas nubes se desgranan, sanguíneas, por el iris, van de lo cárdeno al lo puramente rojo; y enmarcan el perfil de las montañas con la primeriza luz de oriente. Pronto asomará el astro con su luz de oro, tiemblo de placer esperando ese instante. La luz alargándose por los campos, serpenteando en los caminos, bajando lomas, trepando oteros, alumbrando el verde de los labrantíos y las copas encendidas de los otoñales chopos junto al arroyo. Luego, vendrá el cielo azul de una mañana pura y fría de este otoño que ya se termina.
Qué va a saber un pobre olivo como yo, un humilde árbol que jamás salió de un bancal de secano.  Aunque, a veces, pienso que quizá todo el mundo sea como mi bancal; aunque sólo sea porque, amanecer, amanece todos los días y en todas partes. Y si de todos mis amaneceres no hay dos iguales, ¿qué otros amaneceres  se podrán gozar en otros lugares, que, tarde o temprano, no vengan también a visitarme? Es cierto que jamás veré el mar, jamás. Ni las Tres Gargantas del Yang Tse, ni las cataratas del Niágara o las llanuras interminables de Gobi o los hielos gigantescos de la Antártida o la aurora que incendia el cielo magnético de los polos. No, no veré al hombre afanándose en las populosas urbes, amándose y odiándose en lechos y batallas. Ni contemplaré el horror de la guerra, ni el brillo del amor materno en los ojos de las madres africanas, las que amarran sus hijos a los escuálidos pechos. No avistaré otros horizontes que los de mis montañas, es cierto. Sólo soy un humilde olivo que piensa y sueña desde un bancal anclado en los Pirineos.
Pero me pertenecen, con mi modestia, los amaneceres y los vientos, las lluvias, las tormentas y el olor fecundo de la tierra que me alimenta. Me siento unido a todos en mis raíces, que se hunden en la misma tierra que a todos sustenta. La savia me nutre de reminiscencias minerales, el viento me trae rumores, la lluvia, tempestades. No sé cómo decirlo, pero me siento, desde mi bancal pequeño y modesto, parte de todo y de todos. Siento que el Sol, la tierra y el agua, de alguna manera,  nos hermanan.
V. van Gogh
Puede que sólo sean los pensamientos de un viejo olivo que chochea y piensa que sabe del mundo. Otros, puede que habiten un bancal más grande que el mío, incluso los habrá que suban y bajen de esos aviones que trazan escuálidas nubes de humo en los cielos de la mañana y esbozan puentes celestes entre los distintos amaneceres; ellos pensarán que conocen mejor el mundo, todo el mundo. ¿Cuántas vidas serán precisas para conocer el orbe entero?  Las simas abisales, inmensas y  sombrías, de los océanos donde habitan seres ciegos y gigantescos, las grutas terrosas de los gusanos bajo las tierras de fango o las arenas de los desiertos, la vorágine del vértigo en el pico del cóndor, el tumulto del interior del hormiguero, la olvidada calidez del útero materno.
Pienso, sin embargo, como puede pensar un viejo olivo, que, a pesar de los años que ya soporta mi desigual y leñoso cuerpo, algo habrá que me haga ver cada día como  una ocasión de alegrarme, cada amanecer, como un nuevo amanecer. Porque esa hoguera  que inflama las nubes, proclama que el nuevo día ya cabalga en oriente.
¡El nuevo día! Porque es nuevo, es único. Cuando lo pienso, doy gracias porque yo también renazco todos los días, nuevo a pesar de los años. Tras cada amanecer soy el olivo de hoy y no otro. Y tomo de la tierra y el aire, del agua y del Sol, el sustento y el conocimiento de la tierra que habito.  Y soy -yo solo- una multitud: la de los olivos de todos los hoyes  que he vivido. Cada cual con su único amanecer, su única alegría o su sola tristeza adusta que le murmura desde las raíces el dolor de la existencia, de la sangre que riega la corteza terrestre, del odio o de la injusticia. Y también del amor.
No creáis que por ser un humilde árbol, pequeño y retorcido, que habita un minúsculo bancal colgado en una ladera pirenaica, ignoro el sino triste del hombre que me cuida y que espera el fruto de mis ramas, y que vive y muere anhelando más de lo que la vida le puede otorgar. Grande y trágico es el destino de los hombres. Ellos, que nos han dado el nombre  a los demás seres, viven perpetuamente perdidos, buscándose a sí mismos, buscando su verdadero y definitivo nombre. Pero esa es otra historia.
Yo venía a contar un amanecer.
Pero soy un olivo viejo entre tantos otros olivos.
Y sólo tengo unas pocas palabras que ofreceros.

***

jueves, 19 de abril de 2012

Pensamientos matutinos....

Pensamientos matutinos.

Decir lo que veo, soñar. La contradicción me acompaña estos días de mi vida. Un hombre entrado en la madurez; cansado, aunque sorprendido de este mundo que no terminará de comprender  jamás.
Soñar. Las tejas se iluminan, naranja y amarillo, con el primer rayo de sol de la mañana. Saludo este día nublado y ese rayo que se ha colado como una luz intrusa en un tanatorio.
Queremos creer que recordar es revivir. Mentimos para ahuyentar el miedo al que nos condena la soledad del tiempo trancurrido. Nadie ha vuelto jamás del reino del Hades, la nave de Caronte cruza el río en una sola dirección.  La memoria no revive los tiempos pasados  –los felices tiempos pasados-  como no se puede resucitar a quien murió. La memoria es un invento, los recuerdos son fantasía, la muerte es la realidad impalpable de la

Nada. La terquedad del vacío, que es también la terquedad del Ser.
Había un recuerdo arrugado sobre la acera. Como buen ciudadano, me agaché a recogerlo para tirarlo a la papelera. ¡Qué  descuidados, qué incívicos, quizá, resultan estos conciudadanos que van tirándolo todo por las aceras de mi pueblo! Recuerdos, sentimientos viejos y gastados, lágrimas que no asomaron por vergüenza o por miedo, palabras impronunciadas,  sonetos que no comprendimos a pesar de leerlos una y otra vez. El miedo a tener poca  inteligencia, a no ser nadie que es ser mediocre. Incluso el más republicano esconde a un aristócrata en su corazón.

Un monarca senil estampó su real firma en el decreto de declaración de guerra  que le presentaba su cavernario primer ministro. Le llamaron democracia sobre la piel de toro. Me río esta mañana y saludo a las nubes que cubren estos montes de carrasca y cajigo. Aquí los reyes parecen payasos. Clowns de nariz roja, y decrépitos. Todo transcurre  fuera de la ventana de mi habitación, como los recuerdos de la Nada. Somos juguetes en manos del viento de la historia, juguetes rotos en manos de dioses niños.
La muerte, recuerdo del único futuro que nos espera. Soy, esta mañana, un vidente del futuro y sus fantasmas. Soy un vidente con una lágrima gigantesca rodándole el pecho. Siento las cosas idas como si aún existieran,  me lamento por su pérdida, como me lamento de mi ignorancia y de mi miedo tan humanos. Como ese rey senil que pide perdón como el niño que rompió el jarrón del comedor.
Saldré, hoy, a trabajar un día más. Será una jornada como la tuya, como la suya, como la de todos los hombres que sueñan que recuerdan y que van hacia la Nada con pasos firmes, unos;  temblorosos y dubitativos, otros.

Saldré a buscar ese rayo de sol que se acaba de  apagar sobre las tejas, naranjas y amarillas, del tejado.
Grises, ahora que les doy la espalda

martes, 6 de diciembre de 2011

ULTIMA ESCENA DE UNA MONJA

(Unos afirman que los agnósticos estamos más cerca de Dios que del Ateismo. Personalmente, tiendo a pensar lo contrario. Aunque cuando se me presentan escenas como esta, dudo. A vosotros, amigos míos, ¿qué os parece?)
ULTIMA ESCENA DE UNA MONJA


Le duelen los huesos. A pesar de todo, se arrodilla y reza con las manos  cruzadas y los brazos acodados sobre la cama. Llena eres de gracia, hoy lucía un  sol esplendido, regalo del Señor, se dice. Tras ella, junto a la puerta, una bolsa de plástico se apoya en el zócalo descolorido de la pared. Se concentra en la oración para no sentir cómo se le clavan las rodillas en la deshilachada alfombrita. Dios también le manda ese dolor de huesos, que es un sol que ilumina su humildad porque le recuerda la efímera condición humana. Ruega por nosotros, pecadores, se adelanta su oración; se da cuenta, y vuelve a dónde le interrumpió algún pensamiento que ya no puede recordar, bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.
- Tome esos dulces, Sor Camelia. Verá qué buenos son.
- El azúcar, ya sabe- se excusa la monja, para rechazar la tentación que le hace la panadera, de buena fe, sí; mas tentación al fin y al cabo.- Mejor déselos a un niño, ya no tengo dientes yo…
La calle Barranco la espera a la salida de la panadería, con su sol de otoño, su multitud de autos durmiendo en batería, menta y siemprevivas en los parterres y gentes que la saludan. Lleva los dulces en una bolsa en la mano. La panadera resulta insistente y conviene no emperrarse en rechazar un regalo. Podría interpretarse como un signo de soberbia. Hay que dar ejemplo de humildad, sobre todo cuando una es monja. Sabe que los vecinos de la Villa le perdonarían casi todo a una monjita de noventa y tres años cumplidos, aunque no importa. Mejor tomarlos y guardar los dulces para los necesitados que se presentan con frecuencia a pedir a las puertas del convento. La sonrisa de la panadera, cuando al fin ha aceptado el regalo, le ha llenado el alma.
La bolsa descansa en el zócalo, dentro están todos los dulces menos uno. La tentación Señor, sólo soy una sierva tuya, torpe y débil. Apoya alternativamente el peso en cada una de las rodillas. Sabrás perdonarme en tu misericordia. Bendita tu eres entre todas las mujeres, se le desordena la oración; hace tiempo que la memoria se le hizo débil, pero no lo lamenta. Con noventa y tres años de humanidad a cuestas, la memoria de una ya puede descansar. Apoya la cabeza sobre sus manos cruzadas. Se siente fatigada. Santa María Madre de Dios, ruega por nosotros, inicia la última estrofa. Un poema vale para toda una vida; Camelia lo sabe hace mucho tiempo. Tanto que ni recuerda el momento en que descubrió la música en las oraciones. Otra vez la memoria.
Cursó estudios en el colegio de las Hermanas. Apenas los quince cumplidos, decidió entregar su vida al Señor. El sol iluminaba la puerta del convento, en la parte alta de la calle Barranco, aquel día de enero de hace setenta y siete años, cuando la cruzó con un hatillo de ropa en las manos. Temblaba, y no sabía si era de frío o de emoción. La memoria se abre un espacio ligero entre las palabras santas de la oración. Camelia no se resiste a esas imágenes viajeras de su juventud, impertinentes quizás en un momento como este. Ha decidido rezar un Ave María por el dulce que ha tomado, por nosotros, pecadores, ruega, Señora.  Quería ganar el Cielo, ser mártir en las misiones, en Africa, en Asia, en Sudamérica… Le adjudicaron una celda para ella sola el día que se ordenó. La misma donde reza ahora, pues jamás salió de la Villa. Esa es la verdadera humildad, los sueños de martirio eran pura soberbia. Tardó años en reconocerlo, y gastó mucha penitencia en ello. Hoy, siente agradecimiento por aquellas lágrimas de juventud que regaron el jardín de su humildad y de la devoción a  María. Fue con la última de esas lágrimas que descubrió la música del rezo, la verdadera poesía escrita entre los renglones torcidos con que el Señor escribe la vida de los hombres. Desde entonces rezaba y rezaba, y no se cansaba de rezar. Ahora y en la hora de nuestra muerte, termina la oración y muere Sor Camelia.
Un querubín se la lleva de las manos, con el rostro de sus quince años iluminado, y va rezando.
Gloria patri et filio et spiritu sanctu sicut era in principio, et nunc et semper, in secula seculorum,
Amén.

domingo, 20 de noviembre de 2011

Lluvia de Letras en Secastilla (de los libros, del amor y de la muerte)

lluvia de letras en Secastilla.
(de los libros, del amor y de la muerte)

Salí del sueño con el corazón encogido. No había sido una pesadilla exactamente; un mal sueño quizás. O no.

Llovían las tildes sobre la copa de los árboles. En los caminos, las comas formaban hileras y los puntos se cruzaban como puestos de control, de esos que monta la Guardia Civil acechando delincuentes.  Colosales pájaros de alas rectangulares trazaban círculos de sombra en el cielo; llevaban inscritas las siglas RAE bajo las grandes alas que batían con inapelable lentitud.

Yo seguía la senda que va de Ubiergo a Secastilla, esquivando los controles de los punto y seguido, que comandaban, más rotundos, los punto y aparte. Caminaba por el linde de normas académicas. No sabía aún por qué, pero debía llegar a Secastilla. Era importante que lo hiciera cuanto antes, eso sí lo sabía. Apreté el paso; el viento arreció súbito. Más arriba del espacio donde las aves dibujaban círculos, se formaron unos nubarrones grises y apretados de letras en cursiva. Amenazaban tormenta, claro. Y empezaron a llover.

Pronto llegaría al cruce de los cuatro letreros. A la izquierda “Barasona”, como si el pueblo aún existiera, como si no llevase años durmiendo bajo las aguas plácidas del pantano que lleva su nombre; a la derecha, “Secastilla”, casi una aldea, mi destino. Salpicaban las letras llovidas del cielo, pocas y gruesas: presagio de tormenta. El cruce, al fin, suspiré aliviado. Antes de girar a la derecha, caí en la cuenta de que, a partir de aquel punto, ya no había árboles que me guarecieran.  Afortunadamente, junto a los carteles indicadores, alguien había olvidado una caja de cartón. Arranqué parte de sus laterales y me la puse en la cabeza a  modo de casco con visera. Las letras entablaron un pertinaz martilleo sobre mi casco de cartón; pero yo no andaba, sino que volaba o me deslizaba sobre el asfalto de la carretera de Secastilla. Detrás me pareció que los letreros del cruce se revolvían. “Ubiergo”, “Torreciudad”, los que había dejado  a mi espalda, se desgajaron del suelo y empezaron a golpear a los otros dos, que, incapaces de defenderse, terminaron hechos astillas, esparcidos por la calzada, donde sus letras (s e c a s t i l l a/ b a r a s o n a)  se hacían barro de tinta y asfalto con las llovidas. Esto lo vi con un ojo que me había nacido en el cogote. Me pareció natural.

Ya estaba en Secastilla. Lucía el Sol, la tormenta pasó. Recuerdo que respiré con alivio, por un momento había pensado que terminaría todo el valle bajo un mar de letras y barro. Me dije que lo que debía hacer primero era ir a la iglesia a agradecerle a Dios que nos hubiera librado de la lluvia de letras. Cuando ya me encaminaba hacia la calle Mayor, se me ocurrió que lo cierto era que si Dios nos había librado de la inundación, no era menos cierto que Él nos la había mandado. Detuve el paso.

Él nos la da, Él nos la quita. ¿Somos algo más que meras marionetas en Sus manos? Un torbellino de ideas como estas comenzó a bullir en mi cabeza y empecé a sentirme mareado, muy mareado.  Se abrió de nuevo el ojo de mi cogote, y vi, con él, que nuevos nubarrones, más densos, más oscuros, casi negros, se venían desde los llanos del Sur arrastrados por furiosos vientos. Debía apresurarme si no quería que me pillara de nuevo la tormenta. Me interné corriendo por la calle mayor; una calle angosta, de edificios estrechos de tres o cuatro plantas, desde cuyos balcones tuve la seguridad que me espiaban presencias oscuras, que se ocultaban tras las  raídas  y sucias cortinas, los visillos deshilachados o las persianas polvorientas.

Mientras corría, me preguntaba qué me había llevado hasta aquel lugar. Me perseguía mi mala conciencia, algo me atormentaba –en el puro sentido de someterme a una tormenta, de letras en este sueño-, pero no caía en cuál sería mi pecado. Cierto que no cuidaba de mis padres como debía y hacía tiempo que no iba a verles y los tenía algo abandonados, cierto que no me había esforzado en mi trabajo últimamente y muchas de mis obligaciones laborales dormían el sueño de los justos en el cajón de sastre de mi escritorio, cierto que dejaba sola a mi mujer en demasiadas ocasiones resolviendo asuntos que me correspondían, además, no hacía deporte hacía tiempo, perjudicaba mi salud con una alimentación desajustada, ni siquiera cuidaba de mi aspecto y vestía ropa sin planchar , dejaba de afeitarme más de dos días seguidos, y me cepillaba los dientes sólo de vez en cuando, lo que me producía una mal sabor de boca, que notaba incluso ahora, en este sueño atormentado, mientras las casas, tronadas y sombrías, de la calle Mayor de Secastilla corrían a mi alrededor  empujándome en la única dirección posible: hacia la plaza de la Iglesia.

Pero no llegué a la plaza de la Iglesia. Cuando las primeras letras ya caían sobre el adoquinado, dejando grandes manchas redondas, azules o negras, una mano surgida de un portal tiró de mí, cogiéndome de la manga, y me introdujo en el patio de una casa





“Quién eres”  una luz mortecina, derramada de un ventanuco mal cubierto con tela de rafia, apenas permitía ver los perfiles de las cosas que poblaban aquel lugar. La mano me había soltado en cuanto estuve dentro, y escudriñé las sombras buscando su propietario. Algo se balanceaba en un rincón, una sombra en una mecedora. “Quién eres”, repetí.  “Soy la Noche”, áfona, destemplada, la voz se mecía en la penumbra.

“¡Bah!”, no me lo creía, naturalmente. La Noche no cabe en una mecedora. “Tú no eres La Noche” añadí; ella callaba. ¿Me ignoraba, después de haberme metido allí casi a la fuerza? “Te repito que tú no eres la noche; así que dime quién eres” conminé, para cortar un silencio se hacía denso, que me pesaba y amenazaba con arrastrarme a algún lugar profundo y enajenado al que temía sin conocerlo.

“Soy tu Noche”

“Yo no tengo noche ninguna” contesté con rápido reflejo, aunque no me sentía ya muy seguro.

“Casi todos los hombre guardan una noche en su corazón” siseó su voz espesa, de cuya convicción no cabía dudar. Pero yo no estaba dispuesto a rendir mi razón con facilidad.

“Casi… ¿has dicho casi todos los hombres? Eso  implica que algunos no guardan esa noche de la que hablas en su corazón ¿no crees? Quizás yo sean uno de esos” añadí con esperanza, y cierto temblor indisimulado.

“No”

Las sombras eran porosas, mullidas, a nuestro alrededor y acogieron indiferentes el poco silencio que precedió a mi siguiente pregunta.

“¿Por qué no?”

“Yo soy tu Noche”

“Tú no estás en mi corazón, estás en una mecedora en este lugar, insólito y lúgubre, frente a mí, en la penumbra del triste ventanuco cubierto de rafia, entre las vagas sombras de objetos que pueden ser muebles, los unos; sacos a medio llenar de algo que desconozco, otros; y una mesa, y sillas, y un montón de libros, que ahora distingo apilados en aquel rincón y una virgen pálida en aquella hornacina sombría, ah, y ahora veo, en aquellos anaqueles de la pared del fondo, figuritas, fotos, tarros abiertos de esencias que se mezclan en el aire, ya, ya veo ahora… y más libros…” Cuántas cosas iban descubriendo mis ojos a medida que se acomodaban a la penumbra.

“Si, aquí están todas esas cosas que mencionas, y muchas más. Sólo has de querer verlas”

“Tú sigues en la mecedora, no en mi interior como has dicho antes. ¡Tú no puedes ser mi Noche en mi corazón!”, no sabía por qué, pero una indignación crecía junto a ese temor que me afligía casi desde que empecé a soñar este extraño sueño. Temía que la respuesta que debía venir ahora pudiera dejarme desnudo. ¿Desnudo? ¿Contra quién nacía, en realidad, esa indignación?

“Este lugar es tu corazón…. Y yo soy tu Noche, mal que te pese”, la mecedora ralentizó el ritmo de su balanceo, no podía verle los ojos aunque los sentía clavados en los míos. “No entiendo que  te moleste tanto aceptarlo… aceptarme… al fin y al cabo, siempre has sabido que estaba aquí. Me has intuido, me has cultivado incluso”

“Entonces, eres tú” dije, al fin rendido a la evidencia, ¿qué otra cosa podía hacer? Aceptar lo que, en el fondo de mi corazón, sabía: La Noche, mi noche. Ella callaba. Me pregunté si volvería a hablar. Lo hice yo, con palabras que supe antiguas..

“Mi Noche, sí. De ti nacen todas las cosas bellas y terribles del mundo que creo y habito. ¿Desde siempre? Quizás hubo un tiempo que nacían de la luz, entonces los sentimientos debían ser otros, el paisaje sería azul y los rostros de las buenas gentes no los velarían estas sombras que ocultan ahora sus intenciones. Pero ese tiempo pasó. No sé cómo, ni cuándo. Un día las sombras se alojaron aquí, entre mis libros, mis muebles, mi Virgen. ¡Ay, mi Virgen! Llena eres de gracia incluso en este sombrío lugar de mi alma. Corazón y alma: caballo y amazona; ¡galopad!, ¡galopad!  Sólo me queda galopar con ellos, sin otro rumbo que aquel que no debo nombrar. Y tú, mi Noche ¿Qué pretendes viniendo a visitarme en este sueño donde la tormenta no cesa?” Era verdad, se escuchaba el repicar de las letras en la calle, en las ventanas, en las tejas árabes de las casas, con furia como si quisieran derribarlas. Recordé el pueblo de Barasona que dormía hacía tanto tiempo bajo las aguas frías del pantano que le robó el nombre y la luz del sol. Cuándo despertase del sueño, ¿estaría Secastilla sepultada en un barrizal de tinta y frases perdidas? Quién sabe lo que pueden los sueños. “Mi Noche, tú me has traído aquí. ¿Qué me quieres?” insistí.

“No he sido yo, amigo mío”

“¿Entonces?”

“Ella vendrá pronto. Ten paciencia.” Sus ojos nocturnos, en mis ojos asombrados. “Sólo soy su enviado”

Bendito es el fruto de tu vientre. ¿No he de despertar de este sueño, ya?

“Ella… Dime, Noche, por qué hoy. Y esa lluvia de letras, y el run run de tu mecedora y la palidez azul de esta Virgen ¿sois necesarios? Siempre pensé que ella vendría sola. Y resulta que se hace esperar en este lugar al que me traes en sueños. Por que… es éste mi último sueño, ¿verdad?”

“Siempre buscando, exigiendo respuestas. Eres un niño aún, y no lo sabes. Y eres tu primer amor y su desengaño, eres el que traicionó y fue traicionado, y el que amó otra vez y otra más, y el que soñó cambiar el mundo y apenas conoció su aldea, jamás saliste de esta habitación sombría, aunque no lo sabías. Lo demás fue sueño, sólo sueño. Yo soy la realidad de tu corazón, tu noche, tus libros, los aromas que aspiraste y tu Virgen triste que te espera hace tanto tiempo. Soñabas, imaginabas que ibas por el mundo; sueño, sí… creer, aferrarte a lo que se ha de desvanecer con la arena en la clepsidra sin fondo de los tiempos. No me exijas que responda a lo que ya sabes y sólo te da miedo escuchar.”

Tenía razón. Sólo quedaba aguardarla a Ella. Pensé en mis libros, en mis amantes, en el abandono de todas aquellas personas a las que había querido, en algún momento, sobre todas las cosas, hacía tanto tiempo olvidadas como sin querer. Pensé que la vida era cansancio desde algún momento que no era capaz de identificar. ¡Con qué ímpetu se empieza a vivir! Pero el tiempo lo consume, y nos aleja de las cosas, de la belleza y del amor. Cada día que pasa nos sentimos más graves y más cansados, hasta que, sin que sepamos muy bien cómo ni cuándo, abandonamos las cosas y las personas amadas en un oscuro rincón del recuerdo. Desfallecemos sin saberlo. Ese día, el que sea, Ella inicia su camino para hacernos la última y definitiva visita.

“Quizá no sea la última” estaba allí, no importaba por dónde o cómo había entrado. Me estremecí al pensar que, en realidad, penetraba en mi alma; pues eso era aquel lugar, a decir de mi Noche.

“Nada existe fuera de tu alma” ella leía mis pensamientos y los interpretaba, “Ni la pequeña… ni las montañas nevadas, ni el tam tam de las aldeas africanas, o aquellas faldas que levantaste con mano temblorosa la primera vez. No, amigo mío, nada hay fuera del alma; aquí está todo. ¿Te preguntas si morirá contigo el último día de tu vida? Yo no tengo esa respuesta. Quizás sí. O no. Porque ¿qué significado tendría mi vida si los mundos que vengo a segar siguen vivos en su alma?”

“¿Precisa la Muerte un motivo? Ahora pretendes justificarte ¿para qué?”

“¿Ves, allí, amontonados, tus libros? ¿No has pretendido, acaso, justificarte con ellos?” me robó el argumento, la cenicienta presencia. “Escribías, leías, escribías ¿por qué?¿para qué? Yo te lo diré: ella era cada vez más grande, ocupaba mayor lugar en tu alma” señalaba, la manga huérfana de miembros de su lóbrega túnica, a mi Noche, que seguía en su rincón, meciéndose, atenta.

“Ahórrate el esfuerzo, señora Parca; el porqué, el para  qué, tanto dan. A mí no me importan. ¿Dices que era mi Noche quien dictaba las palabras que escribía? Puede que sea cierto ¡tanto da! Si te de ser sincero, pienso que la existencia humana se sustenta toda ella en una gran noche llamada Ignorancia. Nada sabemos, los hombres, de cierto.  Vivimos en la caverna de nuestra necesidad, como dijo el sabio. Llamamos “verdad” a lo que se ajusta a nuestros deseos, “justicia” a lo que nos favorece, “amor” a…”

“¡Calla!” ¿Se demuda el rostro de la Muerte? Qué ironía, ella, tan segura la creías y resulta que no soporta que nombres el amor, el amor…

“Si el amor, ese trampolín de la procreación…” insistí, quería provocarla, que palideciera su rostro umbrío.

“¡Tú!”… en su indignación, parecía que adivinaba lo que yo iba a decir.

“Libros de muerte, libros de amor, sí; por eso los  hombres vivimos ciegos. El Amor y tú nos deslumbráis, os amáis: ¿crees que no lo sé? Vamos, estamos ciegos, es cierto, pero no podéis ocultarnos ese juego. Cualquier adolescente podría dar lecciones sobre vuestros amores. Siempre de la mano, vosotros dos, el Amor y la Muerte, cabalgando sobre nuestro ser ínfimo, levantando el polvo de los caminos para cegarnos. Así son mis libros, no te falta razón; ahora lo veo. En la oscuridad de la noche se funden los cuerpos de los amantes; en la oscuridad, preludio de tu reino funesto. Los amantes buscan la noche, guarda de las intimidades; y, tras el placer, es tu sombra desmayada, muerte, la que se mece en el abrazo de los amantes ¿verdad? Tú y mi Noche, en el agotamiento gozoso del amor, preámbulo del abismo o fuente de mi ignorancia, en mis libros y en las sábanas manchadas del amor, donde se derrama la vida…”

“Bien lo ves ahora, amigo mío”, se ha calmó la Parca. Detecté cierta melancolía en su susurrar que me afirmaba.

“Y, ahora, que ya nos hemos reconocido, qué. ¿Me llevarás contigo?”

“No. Esto es un sueño”

Y desapareció.

Mi Noche seguía meciéndose en su rincón. Noté, una vez más, su mirada flotando en la oscuridad que nos arropaba. La oscuridad de mi alma, según había dicho antes.

“Adiós” dijo..

“Adiós” contesté; y me lancé por la puerta, hacia la tormenta.

Llovían finas letras, de forma intensa. Resbalaban por mi piel, dejando surcos que me avivaron. Había ganado una tregua, aunque sabía que Ella había de volver algún día.

Me estremezco, y este estremecimiento me despertó.

Tras los cristales, una lluvia de otoño, matinal, siseaba.


domingo, 23 de octubre de 2011

El Hígado Cirrótico del Oficinista

El hígado cirrótico del oficinista.

No sé qué hago en este lugar. No veo ninguna luz, ni bombilla, foco ni ventana, pero no está totalmente a oscuras. Reina una penumbra donde los perfiles de las cosas destacan de las sombras lo suficiente como para que no tropiece con ellas. ¿Cuánto tiempo llevo deambulando por aquí? Seguramente, horas.
Cuando desperté, el dolor de cabeza era intenso, punzante; sobre todo en la nuca. Al verme en tal situación de soledad y abandono en este obscuro lugar, lo primero que me planteé era que alguien me había golpeado y traído, posteriormente, aquí.
No he hallado puerta alguna, debe estar oculta tras alguno de los grandes muebles que se apoyan en las paredes. Quizás se acceda por una trampilla situada en el techo o en el suelo, debajo de alguna de las alfombras que lo cubren aquí y allá.
Me han secuestrado, creo. Pero no entiendo qué pretenden. Soy un modesto trabajador, ocho horas al día en una oficina de seguros por un miserable sueldo de 890 euros que apenas alcanza para la comida y pagar el alquiler. Voy andando al trabajo, más de quince cuadras, por no pagar el bus; de comprar un auto, un pensarlo. Así que por dinero no creo que sea. Claro que pueden haberme confundido con otra persona,
con el Jefe quizá.
Si no me han confundido con el Jefe y no pretenden dinero, entonces qué. ¿Y si se trata de traficantes de órganos? Vi un programa en la TV que trataba de eso. Resulta que hay millonarios que pagan por un riñón o un hígado barbaridad de dinero. Y, claro, hay delincuentes dispuestos a obtener ese órgano destripando a un inocente. Normalmente buscan personajes anónimos, suburbiales, desarraigados que a nadie importan. ¿Yo pertenezco a ese tipo de personas? Evidentemente no. Tengo mujer y una hija. Bueno a ex mujer, nos divorciamos hace cinco años, más o menos. Y mi hija… bueno, quizás sea una ex hija, también, porque no viene a verme casi nunca. Debe
hacer meses que sé de ella porque la telefoneo yo. Y parece que le molesta. Seguro que si yo no la llamara, pasarían años antes de que se acordase que tiene padre. Es triste, pero es así. Su madre le comió el coco con esas pamplinas feministas, que lo único que pretendían era ocultar que la encontré despatarrada debajo de un agente de seguros de una compañía de la competencia. ¿Cómo se llamaba esa compañía? Ah, sí; La Fiel  de Seguros Generales y Reaseguros. Vaya con la fidelidad.
Descartado, pues, que mi ex y mi hija hayan acudido a la policía para denunciar mi desaparición. No tengo otra familia con la que me trate, más que con ellas. Primos lejanos en Andalucía, a quienes encontré en el entierro de mis padres, hace ya bastantes años, y que no he vuelto a ver. Y un tío anciano, hermano de mi madre; pero lleva años
en una residencia para viejos con Alzheimer. Seguro que no me recuerda. Quizás, hubiera sido más feliz mi vida si hubiera transcurrido en un suburbio, entre delincuentes y drogadictos. Más emocionante, al menos.
¿Quién, aparte de los traficantes de órganos, querría secuestrar a un gris oficinista de cincuenta años? No tiene sentido lo que pienso, mis órganos están bastante gastados. Mi hígado, por ejemplo, es graso y lleva camino de convertirse en un fuá cirrótico para enlatar. En una lata de pino, ¿no?
Lo curioso es que no tengo sed ni hambre. Igual estoy muerto. Una eternidad entre muebles sombríos habrá sido el premio a una vida malgastada y gris. Me gusta esa idea: estar muerto, sin que nadie me importune nunca más con sus cuitas, sus preocupaciones, vanas ilusiones, opiniones que nada me importan. Estas sombras empiezan a parecerme cálidas, como una manta de angora ligera, acogedora, que me acaricia, en la que me mezco placenteramente. La soledad debería causarme algún temor; pero no es así, aunque no termino de entenderlo. Es una idea mezquina, me doy cuenta: como si nadie me importase nada. Pero me doy cuenta que me basto a mí mismo en este lugar, por que, de alguna forma, me doy cuenta de que no necesito comer ni beber para subsistir. Puedo echarme a sestear sobre una de estas alfombras, disfrutar de mis ensoñaciones, incluso de mi cuerpo.
Estoy aquí porque durante toda mi vida no he querido a nadie. No les culpo si tampoco me han querido a mí.
Pero ¡qué estoy diciendo!  No puedo estar muerto; y si no tengo hambre ni sed ahora, es porque cuando me han golpeado justo terminaba de comer. Creo. ¡Dios qué confusión! Tiene que haber una salida de este lugar. Me palpo y sé que no soy un fantasma, estos pensamientos seguramente están provocados por la conmoción del golpe. Además, los espíritus no tienen dolor de cabeza y creo recordar que lo sufría hace poco. Ya no.
Voy a levantar la alfombra que estoy pisando. Palpo debajo, no hay trampilla. Hay otras alfombras, ¿cuántas? No quiero pasar el día entero levantando alfombras. Además, con esta poca luz, igual me confundo y levanto dos veces la misma alfombra y me dejo otras sin levantar. Lo mismo ocurrirá con los muebles. Claro que podría ir amontonando todo en el centro de la estancia, a medida que los iba descartando. Qué digo, debo estar delirando, será esta penumbra que embota mi razón ¿cómo iba a saber donde está el centro de la estancia, si ni siquiera veo todas sus paredes? ¿y cómo saber que no estoy tapando precisamente la salida? En este último caso, mis secuestradores no podrían entrar aquí y yo fallecería tarde o temprano de inanición y de sed. Eso, si es que se trata de un secuestro, y no de los sueños de un cadáver que se pudre en su ataúd.
Qué manía con eso de que estoy frito. Me paso una mano por la bragueta, a ver. Sí, creo que se inicia una erección. ¿Los muertos trempan? No creo.
¿Qué hacer?  Gritar, todavía no he gritado.
- ¡Eh, hay alguien ahí! ¡Eh! ¡Eh!
No responde ni el Eco ese. Entre tanto trasto y alfombra, es natural.
- ¡Eh! ¡Eh! ¡Eh!
Nada, no contestan. También es natural. No le van a encerrar a uno aquí para venir a hablar con él por un capricho o un ataque de nervios.
Antes he mencionado a Dios. No sé por qué, pero me he acordado de Él. Dios no permitiría una eternidad entre muebles viejos, alfombras y penumbras. Él es bueno, decían las monjas del colegio. Pero qué es la bondad, me pregunto. ¿Una Idea? ¿Una entelequia, una ilusión, quizás? Yo creo poco en Dios. Porque se puede creer poco en Dios; eso lo pensé hace muchos años, y, luego, no había vuelto a pensar en Dios hasta hoy. En consecuencia, soy un poco ateo también. Pienso en Dios ahora, después de no recuerdo cuantos años, porque lo necesito. Es un Dios para ocasiones, por eso digo que creo poco en Él. El resto del tiempo Dios está ausente de mi vida y de mis pensamientos. Aunque me gustaría que mandase un mensajero a este lugar que me aclarase cual es mi situación. Un ángel, o mejor un Arcángel, puestos a pedir, con su espada flamígera y largas melenas castañas. Con una gran nariz hebrea y un vozarrón de barítono.
-¡Eh! ¡Eh! ¿Hay algún arcángel por acá que quiera atenderme?
Nada.
Me  palpo el lado derecho. No me noto el hígado, eso no implica que no me lo hayan extirpado, si estoy muerto. Nadie querría ese pedazo de fuá enfermo. No estoy muerto, entonces. Es un silogismo retorcido, lo sé. Los hombres se han pasado generaciones retorciendo silogismos intentando demostrar la existencia de Dios. Un poco de Dios no precisa tanto esfuerzo, sólo se lo toma cuando se nos ha terminado, como en la estantería de un supermercado la leche. Tonterías, lo que tengo que hacer es cuestionarme menos las cosas.
Creo que voy a dormir, sí. Será mejor.
Esta alfombra parece cómoda.
Quizás despierte de nuevo en mi casa.
O en la oficina, donde puede que me haya dormido con la cabeza caída sobre la mesa escritorio.
Creo que tomé demasiado güisqui antes de ir al despacho o de sentarme en el sillón de mi piso de divorciado solitario. Me aburrí en vida, en sueños quizá me aburra también. Mejor me tumbo en la alfombra, sí.
Este sueño, oh, este sueño.
*

martes, 31 de mayo de 2011



(La ventana de mi estudio tiene forma de media luna, metro y medio de alto y metro veinte de ancho, abierta al Pirineo. Esto es lo que hay, hoy)
Naturaleza en corazón: estructuras.
Estructura. La pantalla del ordenador ensaya abstraerme de la ventana de media luna que inaugura el paisaje. No puede; yo hago lo que quiero, aunque no siempre. Como todo el mundo.
La superficie de la mesa nos cerca –nosotros: teclado, mano, dedos, mirada- con objetos que amontonan el desorden y mi pereza. Libros, papeles, cosas; el vaso vacío del café con leche, donde la cucharilla remeda inclinaciones de Torre de Pisa; el estuche lila de caramelos de sauco; el diccionario –Ferrater Mora, filosófico mentor, señor-, y estuches de DVD’s, lápices, grapadora boca de cocodrilo, altavoces sin labios, lámpara apagada –son las nueve, hay suficiente luz de bruma- mechero aunque no fumo, reloj de pulsera con la esfera boca abajo -¿cómo sé la hora, pues?-, unas Escrituras de la Propiedad dormitando un tedio amarillento y enjuto, solemnidades que me cansan, cables, cajas, libretas, y un número de lotería que no tocó pero que mi ser supersticioso –también yo, fíjate- se niega a tirar a la papelera de bronce que me observa desde la pata izquierda de esta mesa de seres desertados, de alguna manera próximos. Como ellos, soy un desertor; aunque intento a olvidarlo y seguir escribiendo, viviendo a sorbos de letra y letra y letra. Prófugo de las multitudes que entonces –años y años- me acechaban. Desolado, extraviado quizás, aunque poco importa.
Zarpan mis fatigados, anhelantes ojos por esa ventana lunera tan grande como un hombre grueso. Como yo mismo. Grueso y viejo, rodando el lienzo quebrado de las montañas, único consuelo a mis ojos vencidos a fugaces calendarios. Polvoriento almanaque soy en este cuerpo derrotado; tránsito turbio de la memoria… (“¿Verdad, yo?”, así me hablo). Quiero navegar más allá de esta ventana.
Inmediatas, frente a mi ventana, las tejas grises, ocres y granas del tejado que se ha reparado Pedro este invierno inician el panorama: montañas y más montañas, y, a lo lejos, brumas. La lluvia tira del horizonte, todavía inalcanzable.
Las tejas grises, ocres y granas, precisas y acanaladas, arropan una soledad curva, un dolor que se dobla sobre sí mismo: una llaga en el vacío de este vecino que partió sin retorno cuando perdió su luna, su sol, su hembra. Una enjuta soledad que busca sendas para perderse y para olvidar. Mas la larga mano del amor fenecido tiende sus dedos como susurros de sombra por todos los caminos. Siento el dolor de este buen amigo, qué le voy a hacer.
Un sombrerete de hojalata cubre hoy la chimenea sin humo de su tejado vacio.
Más allá, copas que no son copas, sino multitudes de hojas verdes como los olivos, como la pena negra, como la gravedad terrena de los labrantíos que agitan la crin mojada de los surcos acuchillados por el arado y el tractor que guía la mano campesina. Bosques que no son bosque, sino altos cajigos, encinas y abetos. Alamedas donde corre el agua, helechos donde rige la umbría. Musgos y limos y piedras y tierra donde acaban las palabras y la intimidad impera. Nada es solo, nadie es solo. Un abrazo todo lo abarca y tiende: nada ni nadie existen más allá del mundo que tejen, pródigas, sus manos para mis ojos.
Estructuras de los días que crean mi ser, malabaristas del sentido. Diosas invisibles que manejan los hilos del corazón y las manijas del reloj que surcan los toboganes de la existencia, fuertes como el acero, invisibles como el mar de fondo que mece los navíos. Me arman, desde mi ventana de luna, artilugio de carne y pena: mecánica del dolor y física del desaliento. Perdí la fe por el laberinto límpido de mi mirada que apuntaba sin alcanzar… y súbitamente vio...
Repentino, un azul, en la lluvia que va cesando, rompe la bruma, y lejos, muy lejos ¡las montañas nevadas! Las altas cumbres del Monte Perdido, Hércules de pura luz blanca. Todo se mueve ahora, cambian los colores, el limo achica sus minúsculos caudales, el musgo murmura una oración de hasta luego, y las copas del bosque aspiran la luz que las ensancha. Se restituye la mañana. Una intuición de arco iris recorre las tierras en mi ventana lunera.
En la luz se erige de nuevo la vida. Asoma el vuelo agitado de las aves –arrendajos, mirlos, chochines- salpicando el éter de curvas y elipses sobresaltadas, y de trinos que enmudece la distancia.
Los ecos sordos de la nieve pueblan la mirada. No todo es desesperanza. Se edifica una sonrisa en el rostro de la mañana. Nada se perdió. ¡Ya me levanto como una atalaya!
Todo me eleva y soy, con todos, hombre al fin y al cabo.