miércoles, 7 de mayo de 2014

Fantasmillas de Gea

por mi pueblo fantasmillas de gea susurran...
Fantasmillas de Gea


Es por los poros, estoy seguro. 

Me llamaréis paranoico; pero "ellos" han entrado en mí por alguna parte; y, tras pensarlo mucho, he llegado a la conclusión de que ha sido por los poros.

Fantasmillas de Gea. Hálitos de la naturaleza sin espíritu, sin alma como la que tenemos los humanos. Soplillos infernales, sin corazón que los aliente: sólo la materia vil. Eso son: mensajeros del Vacío. Han ido abriendo un agujero en mis entrañas que cada día es más y más grande, casi ya un abismo por el que en el momento menos pensado me precipitaré definitivamente; al menos, ese es mi mayor temor: despeñarme hacia dentro. 

Me estoy  haciendo materialista por los poros.

viernes, 20 de septiembre de 2013

Derivada de amor



Sobre tu cuerpo se volvieron locas las matemáticas... en un minúsculo verso universal. Es una manera de decir te quiero, te deseo... hoy que atardece tan bello, que hasta los números se quedan en suspenso, sin respiración.
Redondos como una flor. 






           Derivada de amor

Derivada de amor
La integral o la tangente: te quiero, te palpo,
Te acaricio suavemente.
Integral es mi deseo, algebraico, universal en lo que toco, sí
En tu piel se desvela la curva del infinito espacio
La oscuridad de tus agujeros tiende al infinito y quiero
Practicar contigo el cálculo infinitesimal del verso.


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sábado, 24 de agosto de 2013

y en tierras de este señor, los cocodrilos se han quitado el disfraz.






(In memoriam de aquellos sabios poetas del surrealismo, sobre todo de Arp y de Bretón. Empecé hace casi cuarenta años a escribir poemas como éste... bueno, como éste, no: han pasado cuarenta años casi.)



 

Poema del cocodrilo que quería ser hipopótamo.

no tengo porque guardar más corrección que los niños que tienen hambre de jugar en el parque sin mayor freno que su imaginación.
pues la noche no debería haberme alcanzado nunca
no me digas que esto es un poema, ni me digas que la lluvia amenaza de nuevo
porque la ruta del gusano es tan profunda como el vaso de leche por la mañana
y la mano de tu madre meciéndote todavía, TODAVÍA
como cuando las estrellas eran tu cuna y el firmamento
la frazada.

no, no tengo por  qué acudir a las medias palabras del hombre maduro
ni enseñar más corazón del que me resta todavía
(ése que sólo tú conocías,
¡oh, mujer marchita!)
ni tengo que decir nada  que no tenga en el bolsillo del  alma o la cartera de la piel
(no soy un cocodrilo aunque quisiera ser hipopótamo o luna )
no preciso socorrer la elipsis porque habito una tienda de campaña bajo el cielo mismo de las elipsis cosmogenéticas

me acuno todos los días en vuestras miradas
ajenos de nombre y alma: eso sois vosotros.

pero no lo sabéis, ni lo querríais saber si también fuerais acunados bajo ese firmamento de vacíos prolijos

(el cocodrilo es libre
el hipopótamo remueve la charca
y la luna se mira,
y Federico la está besando
oh, ilustre calavera
oh, ramillete fecundo)

así que no lo sabéis
sois pregunta sin respuesta, niebla
o tronco oculto de hojas innúmeras y hiedra fecunda y silenciosa
sois el árbol que calla en el bosque opaco mientras yo camino:
circunloquios y enredos; nada tengo.

la soledad no brilla como una estrella
no lo creáis
¡oh, no lo creáis!

cada uno de los cien pies del solitario
reza pasos a Onán
desdicha inevitable de ahogado que tragó su propio esperma
eco de sus propias oraciones: palabras enlazadas

pero no lo creáis
¡oh, no lo creáis!

*

lunes, 17 de junio de 2013

LA INQUIETUD DEL ERMITAÑO

LA INQUIETUD DEL ERMITAÑO



En el fondo del alma de los hombres existe un lugar donde casi nadie logra acceder. Ésta es la razón por la que frecuentemente tenemos la impresión de que los pensamientos que acuden a nuestra mente o las palabras que pronunciamos en una conversación surgen de la nada; aparecen como por arte de magia en nuestra cabeza y en nuestros labios frases que tenemos la sensación que no hemos pensado nosotros. Sin embargo, nos identificamos con ellas como si fueran nuestras, suponemos que forman parte de nuestro ser. Incluso, en ocasiones, seríamos capaces de dar la vida por defenderlas. Por defender nuestro derecho a pensar y a opinar.


Esos pensamientos, esas opiniones que no sabemos dónde nacen, tienen la fuerza de lo inexorable: no podemos cambiarlos. Aparecen, están, súbitos, ahí; y, antes de que los hayamos analizado mínimamente, ya los hemos proferido. Incluso, lo que ahora voy escribiendo, nace en la pantalla del ordenador antes de haberlo sometido a cualquier proceso crítico. Ahora bien ¿quién debería ejercer esa crítica? ¿Dónde habita ese mago invisible que dicta mis pensamientos?.

Resulta, entonces, que existe un lugar en el alma de todo hombre, de todos  nosotros, que desconocemos. Un espacio que no alcanza la vista, ni el oído. Un espacio fuera del Espacio, quizás. Es como si estuviéramos habitados por un desconocido que nos utiliza para que pronunciemos sus opiniones. Somos su marioneta, su robot, su siervo.

Claro, que me diréis: “pero, hombre de Dios, tu eres ese desconocido: nadie te habita, eres tú, tú mismo. Lo que ocurre es que no te conoces a ti mismo". Ya lo aconsejaba Sócrates “conócete a ti mismo”, pues es obvio que nadie se conoce a sí mismo y a los filósofos les gusta proponernos cosas difíciles.

Así, pues, construyo este discurso que ahora estáis leyendo sin saber lo que voy a decir, pero que he de suponer constituye mi opinión. “Hay, en el fondo de las almas de los hombres, un lugar al que casi nadie logra acceder”. Pues bien, puedo pensar (pensar: ¿qué es eso?) que yo soy eso y ése que desconozco.


Pero ¿y si no lo fuera? Y si realmente estuviese habitado por otro. Como en esas películas donde los extraterrestres ocupan cuerpos humanos de los que se han apropiado subrepticiamente. Como el ermitaño, habitaría en mí un parásito que, a su vez, me permitiría creer que pienso, que son mías las palabras que utilizo para existir, para sobrevivir como hombre en medio de los hombres.

En ese caso, lo que ahora aparece en la pantalla del ordenador –lo que tú, lector, estás leyendo- son las palabras de ese parásito que está intentando explicarse a sí mismo su existir. Porque él –en caso de ser así las cosas- también es un prisionero. Bueno, quizás no; quizá pueda cambiar de cuerpo a voluntad. Esa idea me inquieta.

Mi ermitaño se va, vale. ¿Eso significará mi muerte? A primera vista, eso parece: los muertos, antes de nada, dejan de hablar. Aunque podría ocurrir que otro ermitaño sustituyera al que se marcha… ¿por eso soy tan dado a cambiar de opinión?

Todo esto es un lío. Si alguno de vosotros ha estado en ese lugar oculto donde nacen las palabras, por favor, que me diga algo; que me saque de esta inquietud, de esta angustia que me posee y me aniquila.
Por favor, lo pido educadamente, como un buen filósofo. Como buen ciudadano, si queréis, o buena persona…

¿O es mi ermitaño el filósofo, el ciudadano, la buena persona que os está pidiendo auxilio?

Joder, no hay manera de aclararse con este asunto del nacimiento de las palabras y de las ideas. ¿Quién eres tú que llenas la pantalla de mi ordenador de letras y de frases de terrible y oscuro sentido? ¡Márchate! ¡No! No te marches por favor… ¿Tú eres yo? Ay.

Decidme, decidme algo, amables, terribles, buenos, turbios lectores. ¿Quiénes sois vosotros, eh? ¿También sufrís de esta ceguera, de esta ignorancia de no saber quiénes os habitan o quiénes sois?

¿Sabéis? Me planteo borrar todo lo que hay en la pantalla del ordenador. Lo señalo y le doy al “suprimir”, y ya está: es como si nunca hubiera existido. Como si yo me suicidara llevándome al otro conmigo a la nada.


¿Y si el otro soy yo?
¿Y si es el otro quién, para salvarse, me impide borrar estas palabras?
No sé por qué, pero voy a colgarlas en Internet.

Algo en mi interior exige perpetuarse. Y no puedo oponerme a sus designios: por eso estás tú, lector, leyendo ahora este discurso.

Y no puedes hacer nada para ocultárselo a tu propio ermitaño ¿no crees?.



***




jueves, 28 de marzo de 2013

Las hembras perdidas...

... pero alzo la vista más allá de la ventana y veo la desolación que anega un mundo antes bello. Entonces los versos crecen como la raíz de los espinos entre las otras raíces. Y siento tanto que sean estos, esos versos.


El desmoronamiento zumba y su zumbido todo lo llena.
Retumba bajo los pasos fatigados de la miseria
En los abrazos imposibles y perdidos,
En el llanto y en la risa que tirita neurasténica,
En el horror de la última miga del pan de trigo negro evanescente
Del huidizo último, sí último bocado.

Las farolas pueblan las calles de sombras.
Las farolas,
Desde su esbelta figura iluminada, amenazan que darán luz negra
Y en las esquinas les responden, meneando bolsos y caderas, las desfallecidas hembras.
Las hembras de España.

¿Quién ha rescatado del recuerdo  las bocas hambrientas?
¿Quién ha levantado las lápidas de la miseria?
¿Quién nos ofrece nuestra propia mortaja como alimento y se alimenta de ella?
¡Qué noche ha caído sobre mi tierra! Y en las esquinas, quién espera.

Mientras tanto. Oh, sí, mientras tanto
Las hembras de España.

Vendrán los sajones ebrios de cerveza
Vendrán este verano a España
Con el recuerdo de dos tetas bien puestas
La mirada inyectada y bovina, y dispuestos a devorar
Las hembras de España.

¿Quién?
Dímelo tú.
Ay, España, hembra en la esquina de Europa.

***
Nunca saliste de la caverna pero no lo sabías.
No sabías que el corzo huye de sus  soledades a la miseria
No sabías que eras tú -sí tú y no otro- la pieza del cazador
Porque nunca saliste de la caverna pero no lo sabías.

Remotos te llegan los llantos olvidados
Remota la noche que te pertenece retorna
Remota la lucha se te enciende pero no sabes qué hacer con ella.

***

Las hembras de España en tus sueños de gaviota mediterránea
Pasean dichas de flor de imposible y te desprecian porque se desprecian
Porque cuelgan de sus pechos niños famélicos y abecedarios callados.

Las dunas de este páramo son de roca y aristas
Sus sombras abominan la vida
Son las sombras  traspasadas de las hembras perdidas.

Una fuga en el pentagrama del  llanto es la melodía trágica que te avasalla.
Bates las alas sobre el mar sin olas ni horizonte
Sobre las babas babeantes de cerveza ¿recuerdas?

Huyen los pasos y dejan huérfanos zapatos como deseos anclados o muertos.
No hay camino caminante: el poeta yace bajo la tierra.
La boca del rapsoda se puebla de cuchillas sin lengua.
*
Y las hembras de España te miran y callan.
Y lloran las gaviotas por el cielo de miseria.
Amenaza un sol negro y frío, y tiemblas.
Y te vas, andando sin tus pasos,
Llorando sin tu llanto,
Hablando
Perdidos el discurso, la razón
Y el poema.

miércoles, 1 de agosto de 2012

El perro aulla y hay niebla.

Ilumina el alma, la Niebla

La Puebla de Castro a 28 de Diciembre de 2007

El perro aúlla y hay niebla. Un amanecer blanquecino y difuso  viene a verme hoy cabalgando sobre la bruma. La noche ha engendrado una elipsis; y la tierra, con un velo blanco, ha hecho mutis bajo las constelaciones.
La niebla nos convierte en oscuras estrellas titilantes. Astros indecisos que aparecen súbitos en el algodón blanco de la boira  y desaparecen, igualmente súbitos, cuando ella se va. La niebla nos hace íntimos; en ella, tan sólo lo próximo subsiste. Del lienzo de mi ventana han desparecido las lejanas montañas, los campos de labranza y el sendero que me saluda todas las mañanas meciendo sus caderas de tierra y grava que se pierden, al fin, por los recodos de peña Sagrario. Todo ha sido engullido esta mañana por el albo manto de la niebla; el paisaje majestuoso de las cumbres pirenaicas ha sucumbido al olvido de esta fatigada nube blanca que ha  venido a reposar sobre los campos que rodean mi casa. Sólo queda lo próximo; un abeto alto y recto que apunta despistado a un cielo hoy desaparecido, y el alero del tejado de mi único vecino, con el rocío congelado compitiendo en albor con la sola niebla. Nada más. Dos figuras extrañas y algo cándidas que comparten, esta mañana, su orfandad..
Parece que el mundo se resigna, por una vez, a que seamos nosotros su centro. Se comprime hasta acariciar, casi, la retina de nuestros ojos y nos invita al recogimiento. Entonces, el mundo se hace tan pequeño que descubrimos la grandeza del alma. Afuera apenas queda nada y, sin embargo, ¡cuan grandes se hacen mis sentimientos!, ¡qué inmenso abismo, qué mundos, habitan mi memoria! Apenas preciso de nada más para existir; la belleza de las cumbres nevadas, el manto verde de los campos de cebada, el desfile de las ovejas en los bancales del alta hierba, las parábolas que hilvanan los buitres en el azul del cielo, viven en mi recuerdo. La niebla no me los puede arrebatar, pues los tengo trenzados en el alma desde el mismo día que los conocí. Han hecho nido en mi corazón los paisajes y las personas, los sentimientos, las caricias y las despedidas. La niebla los ha traído hoy frente a mis ojos para que recuerde que están ahí, que permanecen en mi pecho desde entonces, y que persistirán  mientras se prolongue la biografía que escribiré hasta que me alcance el enigmático ocaso que rumian los cementerios.
El perro aúlla y hay niebla; empieza, de nuevo, un día…

domingo, 1 de julio de 2012

LA HERENCIA O LA IMPORTACIA DEL DINERO

LA HERENCIA O LA IMPORTACIA DEL DINERO


¿Esperando al notario en el s. XIX?  Lancret.
Tardan
Tardan en llegar, se detienen en el camino por cualquier cosa, con cualquier excusa.
El niño, atraído por los escaparates, lo quiere todo: helados, juguetes, ropa, zapatos, revistas. La madre se para ante todos y discute con el niño la conveniencia de comprar esos objetos. Le cuenta que son muy caros y que no pueden permitírselos. Que ya tiene juguetes en su casa, ¿no recuerda el soldadito de plomo que le trajeron los reyes? ¿o el cochecito a pilas aparcado bajo su camita? Es un chaval educado éste, no berrea y se deja convencer por los argumentos de la madre. Y se detienen ante el siguiente escaparate y vuelven a lo mismo, él pide, ella argumenta.
A medida que se acercan a la notaría, sus paradas duran más tiempo. El sigue pidiéndolo todo, ella añade más argumentos a su discurso. ¿Otro helado? Pero si ya tomaste del que hay en la nevera antes de salir. No, esa camiseta es roja como la que te regaló tía Pepa ¿para qué quieres otra igual? No le apetece llegar. Va a que le lean la Herencia.
Murió arrollado por el tren de cercanías. ¿Qué hacía, a las tres de la madrugada, Juan en aquel lugar? Juan no tenía un huerto, ni siquiera era capaz de distinguir un patatal de una plantación de zanahorias. Para él todo lo que asomara de la tierra era hierba. Solo hierba. ¿Qué hacía a las tres de la madrugada, paseando por la huerta del Prat del Llobregat? Sobre todo ¿cómo se pudo caer a la vía justo cuando pasaba el cercanías a toda velocidad?
No, esa pistolita de agua, no. Eso es para el verano, y todavía es invierno. Juan había dejado herencia. Según decía la tía Pepa, más que herencia, lo que había dejado Juan era una Herencia con mayúsculas. No había motivos económicos. Eso, en el supuesto de que Juan se hubiese suicidado. Posiblemente, nunca lo sabría. Un resbalón, un mal pensamiento, quién sabe.
Al niño, le contó que a su padre lo había contratado la NASA para llevar una nave espacial a Marte de incógnito. El niño tenía mucha imaginación, le gustaban los cuentos y las películas de fantasía y de ciencia ficción. Es mejor tener un padre aventurero, perdido entre las estrellas, que suicidado entre los alcachoferos y patatales del Prat del Llobregat.
Una Herencia con mayúsculas. ¿Y si tía Pepa se equivocaba? Recordaba la historia de una amiga suya, con la que jugaba de pequeña, hija de familia de abolengo, a quien se le murió el padre súbitamente. Al escuchar la herencia, su madre sufrió una lipotimia: su ilustre marido sólo dejaba deudas. Así, que, su Herencia con mayúsculas, quizás era tan sólo una herencia irrisoria. Juan siempre había sido muy reservado con sus cosas. Pero el Notario la había citado solemnemente para leerle su Herencia.
Deja esa revista, es para mayores. Es el quiosco de enfrente de la Notaría. La última y concluyente parada.
*
Salen de la Notaría la madre y el hijo cogidos de la mano. Una sombra de lágrimas en los ojos de ella. El niño se va directo al quiosco, a las portadas de los comics de héroes y dibujos de colores. Abre la cartera y saca una moneda. Pero te lo has del leer, eh. Sabe que al niño sólo le atraen los dibujos. Cierra la cartera maquinalmente, ensimismada en lo ocurrido en la notaría.
Hasta ese momento, la Herencia se ha ajustado en la cartera de la madre. Lisa, cuadrada, con bordes ribeteados. Juan había dictado herencia meses antes de morir. El notario la ha leído con voz grave a ambas mujeres. ¿Tú quién eres? Yo… la esposa de Juan ¿y tú?
Vaya silencio mientras el notario hace que ordena los papeles.
Yo… soy la esposa de Juan. También, apostilla el notario. ¿Qué?, exclaman las dos mujeres. Don Juan Sarrablo y Mora, según confiesa en su testamento, mantenía dos familias desde hace mucho tiempo. Las de ustedes dos. ¿Cómo?, exclaman de nuevo las dos, como si hubiesen acordado previamente decir lo mismo. Don Juan Sarrablo y Mora, según su testamento, casó primero con la Señora X y, cinco años después, con usted. Levanta un momento la mirada del documento para mirarla. El notario intenta ser neutro en su actitud, en sus palabras, en el traje gris que viste. Sigue. El testamento me obliga a leerles lo siguiente: “a las dos os quise por igual, pero X fue la primera y con ella tuve cinco hijos, mientras que con la segunda sólo tuve uno, esa es la razón por la que dejo a X todos mis bienes, menos un sello raro de mi colección filatélica, valorado en más de trescientos mil euros según mis asesores, que lego a mi segunda mujer”
Para la otra, las casas, los autos, una cuenta de más de tres millones de euros, las acciones de la compañía Sarrablo&Cia SA. La primera en levantarse ha sido X. Ha firmado aceptación de su herencia y salido del despacho murmurando un “hijo de puta”.
Ella también ha aceptado la herencia. El notario le ha entregado el sello. Un papelucho marrón con una efigie defectuosa de Pepe Botella, fechado en 1808. El último sello del hermano del  emperador. Sólo se imprimieron veinte ejemplares, le dice el Notario. Si quiere, yo mismo se lo adquiero ahora por el precio que su difunto menciona en la Herencia. No gracias. Las lágrimas hacen borrosos los objetos del despacho del Notario. Coge el sello y se lo mete en la cartera. El dinero es lo que ahora le importa menos.
¿Cómo pudo hacerlo? ¿Cómo no me di cuenta? Se pregunta, con el niño de la mano, feliz, apretando el tebeo en su manita, como si de un tesoro se tratase. Y echa a andar.
Se para un transeúnte frente al quiosco. Compra el diario sin saber que su pie derecho pisa un papelucho marrón de la época de Pepe Botella. Cuando lo levanta, se ha hecho jirones, trizas, nada.
La mujer y el niño se alejan.
No es el dinero lo que ahora importa.