LA HERENCIA O LA IMPORTACIA DEL DINERO
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| ¿Esperando al notario en el s. XIX? Lancret. |
Tardan
Tardan en llegar, se detienen en el camino por cualquier cosa, con cualquier excusa.
El niño, atraído por los escaparates, lo quiere todo: helados,
juguetes, ropa, zapatos, revistas. La madre se para ante todos y discute
con el niño la conveniencia de comprar esos objetos. Le cuenta que son
muy caros y que no pueden permitírselos. Que ya tiene juguetes en su
casa, ¿no recuerda el soldadito de plomo que le trajeron los reyes? ¿o
el cochecito a pilas aparcado bajo su camita? Es un chaval
educado éste, no berrea y se deja convencer por los argumentos de la
madre. Y se detienen ante el siguiente escaparate y vuelven a lo mismo,
él pide, ella argumenta.
A medida que se acercan a la notaría, sus paradas duran más tiempo. El
sigue pidiéndolo todo, ella añade más argumentos a su discurso. ¿Otro
helado? Pero si ya tomaste del que hay en la nevera antes de salir. No,
esa camiseta es roja como la que te regaló tía Pepa ¿para qué quieres
otra igual? No le apetece llegar. Va a que le lean la Herencia.
Murió arrollado por el tren de cercanías. ¿Qué hacía, a las tres de la
madrugada, Juan en aquel lugar? Juan no tenía un huerto, ni siquiera era
capaz de distinguir un patatal de una plantación de zanahorias. Para él
todo lo que asomara de la tierra era hierba. Solo hierba. ¿Qué hacía a las tres de
la madrugada, paseando por la huerta del Prat del Llobregat? Sobre todo
¿cómo se pudo caer a la vía justo cuando pasaba el cercanías a
toda velocidad?
No, esa pistolita de agua, no. Eso es para el verano, y todavía es
invierno. Juan había dejado herencia. Según decía la tía Pepa, más que
herencia, lo que había dejado Juan era una Herencia con mayúsculas. No
había motivos económicos. Eso, en el supuesto de que Juan se hubiese
suicidado. Posiblemente, nunca lo sabría. Un resbalón, un mal
pensamiento, quién sabe.
Al niño, le contó que a su padre lo había contratado la NASA
para llevar una nave espacial a Marte de incógnito. El niño tenía mucha
imaginación, le gustaban los cuentos y las películas de fantasía y de
ciencia ficción. Es mejor tener un padre aventurero, perdido entre las
estrellas, que suicidado entre los alcachoferos y patatales del Prat del
Llobregat.
Una Herencia con mayúsculas. ¿Y si tía Pepa se equivocaba? Recordaba la
historia de una amiga suya, con la que jugaba de pequeña, hija de
familia de abolengo, a quien se le murió el padre súbitamente. Al
escuchar la herencia, su madre sufrió una lipotimia: su ilustre marido
sólo dejaba deudas. Así, que, su Herencia con mayúsculas, quizás era tan
sólo una herencia irrisoria. Juan siempre había sido muy reservado con
sus cosas. Pero el Notario la había citado solemnemente para leerle su
Herencia.
Deja esa revista, es para mayores. Es el quiosco de enfrente de la Notaría. La última y concluyente parada.
*
Salen de la Notaría la madre y el hijo cogidos de la mano. Una sombra
de lágrimas en los ojos de ella. El niño se va directo al quiosco, a las
portadas de los comics de héroes y dibujos de colores. Abre la cartera y saca
una moneda. Pero te lo has del leer, eh. Sabe que al niño sólo le atraen
los dibujos. Cierra la cartera maquinalmente, ensimismada en lo ocurrido en la notaría.
Hasta ese momento, la Herencia se ha ajustado en la cartera de la
madre. Lisa, cuadrada, con bordes ribeteados. Juan había dictado
herencia meses antes de morir. El notario la ha leído con voz grave a
ambas mujeres. ¿Tú quién eres? Yo… la esposa de Juan ¿y tú?
Vaya silencio mientras el notario hace que ordena los papeles.
Yo… soy la esposa de Juan. También, apostilla el notario. ¿Qué?, exclaman
las dos mujeres. Don Juan Sarrablo y Mora, según confiesa en su
testamento, mantenía dos familias desde hace mucho tiempo. Las de
ustedes dos. ¿Cómo?, exclaman de nuevo las dos, como si hubiesen
acordado previamente decir lo mismo. Don Juan Sarrablo y Mora, según su
testamento, casó primero con la Señora X y, cinco años después, con
usted. Levanta un momento la mirada del documento para mirarla. El notario intenta ser neutro en su actitud, en sus palabras, en
el traje gris que viste. Sigue. El testamento me obliga a leerles lo
siguiente: “a las dos os quise por igual, pero X fue la primera y con
ella tuve cinco hijos, mientras que con la segunda sólo tuve uno, esa es
la razón por la que dejo a X todos mis bienes, menos un sello raro de
mi colección filatélica, valorado en más de trescientos mil euros según mis asesores, que lego a mi
segunda mujer”
Para la otra, las casas, los autos, una cuenta de más de tres millones
de euros, las acciones de la compañía Sarrablo&Cia SA. La primera en
levantarse ha sido X. Ha firmado aceptación de su herencia y salido
del despacho murmurando un “hijo de puta”.
Ella también ha aceptado la herencia. El notario le ha entregado el
sello. Un papelucho marrón con una efigie defectuosa de Pepe Botella,
fechado en 1808. El último sello del hermano del emperador. Sólo se
imprimieron veinte ejemplares, le dice el Notario. Si quiere, yo mismo
se lo adquiero ahora por el precio que su difunto menciona en la
Herencia. No gracias. Las lágrimas hacen borrosos los objetos del
despacho del Notario. Coge el sello y se lo mete en la cartera. El
dinero es lo que ahora le importa menos.
¿Cómo pudo hacerlo? ¿Cómo no me di cuenta? Se pregunta, con el niño de
la mano, feliz, apretando el tebeo en su manita, como si de un tesoro se
tratase. Y echa a andar.
Se para un transeúnte frente al quiosco. Compra el diario sin saber que
su pie derecho pisa un papelucho marrón de la época de Pepe Botella.
Cuando lo levanta, se ha hecho jirones, trizas, nada.
La mujer y el niño se alejan.
No es el dinero lo que
ahora importa.