sábado, 30 de agosto de 2014

La Venganza del granjero.

Breve historia de suspense que le conté a mi perro. Pasó un buen rato, creo.




 La venganza del granjero.


Hay que saber que La  Puebla del Algarrobeño es un pueblecito de no más de 400 habitantes cuya economía gira en torno a la agricultura de secano y las granjas de cerdos. Luego, su principal industria es la cárnica: con un matadero y un secadero de jamones de cierta producción. Una vez dicho esto, ya puedo contaros los hechos que allí ocurrieron.



Los aires de la sierra barrían el llano donde se asentaba el villorrio a orillas de un riachuelo llamado el Barranco de la Mingua, que casi siempre llevaba agua y a cuya vera crecían los algarrobos origen de su toponimia. Dicen que el pueblo creció alrededor de una posta donde paraban las caravanas que hacían ruta desde la meseta hacia el mar, pues la abundancia de algarrobos y el agua lo hacían propicio para las caballerías. En fin, si en realidad fue éste el origen de la población, o fue otro, poco tiene que ver con lo que le ocurrió al protagonista de esta historia. Aunque tampoco hay que descartar que el carácter reservado y un tanto huraño y aficionado al comadreo de los algarrobeños, que tanto mal le hizo a nuestro héroe, hallase su origen en ese pasado lleno de envidias y rencor que sentían sus habitantes hacia quienes se detenían en Puebla del Algarrobeño tan sólo de paso.


Todo lo que hubiera querido era que se olvidasen de él. Pero era evidente que eso no ocurriría nunca. Así que lo mejor era partir. Dejar atrás su vida y empezar una nueva en otro lugar.
Todo empezó haría unos quince meses con lo que se podría definir como un encuentro casual, .
Llevaba dos bolsas de plástico en cada  mano cuando cruzaba  el dintel de la única tienda de ultramarinos de  La Puebla del Algarrobeño, cuando se tropezó con ella.

Se dieron de bruces bajo el  dintel de la puerta de la tienda porque él iba con los ojos puestos en aquellas dos bolsas que parecía que se le iban a escurrir de los dedos y ella entraba con prisa y la mirada puesta en la calle, como si huyera de algo. Cayeron las bolsas y parte de su contenido, unas latas, un manojo de puerros, dos tetrabrik de leche, uno de caldo y un paquete de sal cuyo envase se rompió de forma que su contenido se esparció por el suelo, a sus pies, entre las baldosas de la tienda y el adoquinado de la calle sin acera.

- Oh, perdone…-  se disculpó, aunque la verdad era que era ella quien había entrado con excesivo ímpetu y sin mirar.

La reconoció enseguida, la había visto en alguna ocasión en el local social: era la mujer del mayor agricultor y ganadero del pueblo, un granjero dueño de más de cien hectáreas de cereal y de una granja donde engordaban mil doscientos gorrinos o más. La había visto en las fiestas cuando el pregón del alcalde y en el baile, al lado siempre de su esposo. También la veía a la puerta de la Iglesia, al entrar y al salir del oficio, los domingos y fiestas de guardar; aunque él no iba a la iglesia y aguardaba la salida de los feligreses tomándose un Martini en la barra del local social, que hacía la vez de bar, y que se hallaba en la misma plaza. El granjero le daba un beso en la mejilla a su mujer al salir y acto seguido entraba en el local social con otros, mientras ella marchaba a su casa, seguramente a preparar la comida. Era considerablemente más joven que su marido, no sobrepasaba la treintena mientras que él andaría más cerca de los sesenta que de los cincuenta. No era el primer caso el suyo, eran frecuentes los maridajes entre hacendados y extranjeras jóvenes y agraciadas, en el ámbito rural.

- Perdone usted, señor, la culpa ha sido mía -le pudo oler el aliento de tan cerca que habían quedado sus rostros. Un aroma remoto a jerez y aceitunas.

Ambos se agacharon a la vez y fue inevitable que sus cabezas volvieran a chocar. Ella se echó a reír y él hizo lo mismo, contagiado de su risa fresca y clara. El aroma de jerez y aceitunas se hizo más intenso.

Días después ya se encontraban a escondidas. No lo pudieron evitar.

Ahora era mejor partir de una vez y dejar la Puebla del Algarrobeño para siempre. Si ponía distancia, todo terminaría desvaneciéndose en la memoria.
*

Ella desapareció un buen día. Vino la Guardia Civil a investigar, tras la denuncia de desaparición que presentó el marido en el cuartelillo.

- Hace dos días que mi mujer falta de casa.

La buscaron por todas partes. Se interrogó a los vecinos, pero nadie recordaba nada que pudiera dar indicio de su paradero. Se hicieron batidas por los campos y los barrancos, con vecinos voluntariosos y perros adiestrados. Nada. Había desaparecido sin dejar rastro.

A la semana, dieron por finalizada la búsqueda. El sargento de la Guardia Civil les comunicó que, dado que no se la encontraba ni viva ni muerta, había llegado a la conclusión de que había huido del pueblo. Se calló que pensaba que una chica tan hermosa y joven seguramente se habría enamorado de algún viajante de comercio y habría partido con él en busca de una vida mejor en la ciudad. Al fin y al cabo, así terminaban muchos matrimonios de este tipo. Una vez obtenidos los papeles y la nacionalidad, ellas volaban en brazos más jóvenes y en busca de un futuro mejor.

Nadie le dio el pésame al granjero, y se corrió un velo de silencio sobre el asunto. Si no estaba ni viva ni muerta era mejor hacer como si no hubiera existido.
*

Y es cierto que los aldeanos no pronunciaron palabra sobre el asunto. Pero las miradas hablaban, contaban una supuesta historia, callaban una sospecha que estaba en la mente de todos.

Pronto se dio cuenta, por esas miradas, que, de algún amanera, había corrido la voz de su relación con ella. Seguramente alguien les había visto o quizás, incluso, les habían seguido hasta la cabaña del bosque donde tuvieron sus encuentros amorosos. Pero no podía estar seguro de que eso fuera así, pues, como ya he dicho, nadie pronunciaba palabra sobre el asunto. La versión del sargento de la Guardia Civil era la única que debía prevalecer.

 Se hubiera ido del pueblo antes, pero hubiera sido como confesar que tuvo que ver con ella, que fue su amante. Permaneciendo en la Puebla del Algarrobeño, daba a entender que ella se había fugado con otro. Que no fue él la causa de su desaparición.

- Estas son todas iguales -había dicho el sargento tras abandonar la investigación.

Era la versión oficial.

Y él se había quedado en el pueblo durante todos aquellos meses para dejar claro que ella no se había fugado por su causa, ni le esperaba en ningún lugar. Que, en cierta manera, también él quedaba viudo; si es que uno se puede quedar viudo de amante.

Pero ya no podía más, quince meses eran suficientes. Demasiados. Tenía las maletas hechas, aguardando en el suelo, mientras tomaba su último Martini y contemplaba  a los fieles salir de la iglesia.

Parado en la plaza, el autobús esperaba a que terminase la misa para llevar a los feligreses que lo desearan a pasar el día en la capital; todavía faltaba un rato para salir; mientras, el conductor hacía tiempo tomando una cerveza en la barra, como él. Entonces entró el granjero y fijó la mirada en las maletas que tenía junto a sus pies.

- ¿Se va usted, joven?
- Sí.
- Vaya, parece que nadie quiere quedarse en La Puebla del Algarrobeño. Si esto sigue así, el pueblo se irá muriendo…
- Ya -no tenía ningunas ganas de hablar, y menos con aquel granjero.
- Ya sabe lo sólo que me quedé cuando desapareció mi  mujer -¿a qué venía ahora hablarle a él de aquello, si apenas se habían cruzado un par de palabras en todo el tiempo que llevaba viviendo allí?
- Yo… siento su pérdida… -algo tenía que decir, y aquel pésame extemporáneo se le escapó entre los labios.
- Oh, no lo sienta usted. Son cosas que pasan ¿verdad? Ella era joven, hermosa, y yo peino canas hace muchos años y, además, crio esta barriga que no deja de crecer… Cuando la traje pensé que con el tiempo me cogería cariño.
- Mejor olvidar…
- Quía, ¿para qué quiero olvidar? Todo lo contrario, ella me dejó los mejores recuerdos… Pero no me amaba, no señor. Ni siquiera un poquito de cariño me mostraba; eso sí, cumplía como mujer, ese era nuestro pacto. Y lo hacía de maravilla. Yo creo que le gustaba. Estas extranjeras son muy desinhibidas en eso del sexo ¿no cree?
- Bueno, yo… no sé -le incomodaba el desparpajo con que el granjero se ponía a platicar ahora sobre estas cuestiones. Era obvio que no había la menor inocencia en sus palabras y sentía cada vez más urgencia por partir. En esto el conductor vino a socorrerle, echando una moneda sobre la barra y saliendo acto seguido del local.- Bueno, señor, creo que el autobús va a partir.

Mientras decía estas palabras rebuscaba alguna moneda en su bolsillo.

- ¡Quía, deje que le invite yo, hombre! -dijo el granjero, sacando un billete- Al fin y al cabo, estoy seguro de que será la última vez que le veo por acá ¿verdad?
- Bueno… me ha salido un trabajo en Madrid… -mintió él, agachándose para coger las maletas.
- Suerte tiene usted, sí señor - dijo el granjero mientras le cogía del brazo impidiéndole partir- En cambio yo, a mi edad ya, me quedaré aquí para siempre, cultivando mis campos y dando de comer a mis cerdos.

Las maletas le pesaban en cada mano y le costaba desembarazarse de la garra del granjero que no le soltaba el brazo. Le brillaban los ojos, su mirada era como un cuchillo asomando por sus párpados entreabiertos.

- Sabe señor, en el fondo me gusta dar de comer a mis cerdos. Me gusta observarlos cuando me retraso en poner las tolvas de pienso en marcha y están hambrientos. En esos momentos son capaces de comérselo todo. En cierta ocasión les tiré un ternero muerto, ¡no dejaron ni los huesos!

Al fin, de un tirón, pudo desembarazarse de la garra del granjero y emprendió el camino de la puerta. Enseguida, entregó las maletas a un mozo para que las llevase hasta el autobús, donde luego iba ayudando al conductor a colocarlas ordenadamente en el gran portaequipajes. Le dio una moneda de propina y se fijó en él: aquel mozo trabajaba a horas para el granjero. Apenas balbuceó un “gracias” antes de desaparecer entre los fardos.

Antes de subir, aún oyó a sus espaldas la voz del granjero desde la puerta del local socia que le decía:

-Todo, me entiende, mis cerdos son capaces de comérselo todo sin dejar rastro.
*

La Puebla del Algarrobeño se desvaneció tras la primera curva que dio el autobús. Respiró aliviado, aunque sentía como una opresión en el pecho. Seguramente, tardaría en olvidar todo aquello. Pero no quería pensar más en ello; ni siquiera recordarla a ella. Cuando pasara el tiempo suficiente no quedaría más que la evocación de algo que pudo ser un sueño, poco más; esa era su esperanza.

Pero, cuando el autobús hizo su última parada en la capital de la comarca, se encontró con la sorpresa de que le esperaba aquel sargento de la Guardia Civil que se encargó de la búsqueda de la joven desaparecida. Le acompañaban dos efectivos.

- Buenos días.
- Buenos.
- Le estábamos esperando para hacerle algunas preguntas. Si es usted tan amable de acompañarnos…
- Como no -los dos efectivos se habían puesto cada uno a un lado, como una escolta.

Él fue el primero en preguntar cuando entraron en la sala de interrogatorios del cuartel de la Guardia Civil.

- ¿Cómo sabía que yo vendría en este autobús?
- Nos avisó un amigo mío de La Puebla del Argarrobeño -contestó amablemente el sargento, quien parecía no tener prisa alguna y añadió- Sabe, nos llegaron algunas murmuraciones…
 - Son ciertas -para qué mentir, no tenía sentido ya, pues había partido para no volver- Éramos amantes.

Entonces se abrió la puerta y entró uno de los efectivos con una bolsa de plástico opaca en la mano de la que asomaba algo blancuzco.

 - Sargento, hemos encontrado esto.

El sargento se levantó y se acercó al efectivo. Tomó la bolsa en sus manos, la abrió e inspeccionó lo que había en su interior fijando un momento la vista en una parte concreta de ello. Luego, volvió a sentarse enfrente de él y arrojó la bolsa sobre la mesa.

- ¿Sabe lo que es?
- No…
- Pues estaba en su maleta.
- ¿Cómo? - empezaba a alarmarse- Yo no he visto nunca eso, ¿qué es?
- ¿Cómo sabe que no lo ha visto nunca, si todavía no lo he sacado de la bolsa?
 - Yo… -se mordió los labios, tenía razón el sargento: cómo iba a saber él qué contenía la bolsa, si era opaca. Pero cada vez estaba más nervioso y esa incongruencia se le había escapado sin querer.
El sargento, al fin, abrió la bolsa y arrojó su contenido de forma un tanto teatral sobre la mesa, para que lo viera bien.
- ¡Véalo! ¿No me dirá ahora que no sabe lo que es, eh? Incluso lleva su nombre bordado en un una esquina.
- Yo… yo no… - no, no sabía qué decir. Ignoraba cómo habían ido a parar unas braguitas de ella a su maleta. Las miro. Estaban sucias de barro, manchadas de sangre.
- Creo que tendrá que explicarnos muchas cosas usted. ¿Sabe que no siempre se precisa el cuerpo del delito para condenar a alguien?
- ¡Yo no he hecho nada! ¡No he matado a nadie, yo!
- Ah, ahora sabe que está muerta, eh -un destello de triunfo iba anidando en la mirada del sargento- Pues sabe usted más que nosotros. Más que nadie, diría yo. ¡Confiese!

Le temblaban las piernas y las manos. Sentía como algo espeso le crecía en la garganta impidiéndole hablar, impidiéndole proclamar su inocencia. Pero no podía apartar la mirada de aquellas braguitas sucias y manchadas de sangre y de las letras bordadas, ilegibles, con el nombre de ella. Porque, aunque no pudiera leerlas ahora, sabía que era ese nombre el que allí había bordado, las había visto tantas veces, tantas como se las había quitado en aquella pequeña cabaña del bosque…

- ¡Confiese! - insistió el sargento.
- Yo no… - empezó a decir, dándose cuenta de que no dominaba sus palabras, de que no sabía qué iba a decir- yo… fueron los cerdos…
- ¿Los cerdos? ¿La tiró usted a los cerdos? - el sargento se levantó casi de un salto, con un gesto de asco en el rostro- Espero que la matara antes… ¡Pobre muchacha! ¡Qué disgusto tendrá mi amigo el granjero!

Apagó el magnetófono que grababa su conversación.

- Bueno, nada más hay que hablar. Aquí queda su confesión para el juez -apartó de él aquella mirada triunfal de policía satisfecho y volviéndose hacía la puerta ordenó- Domínguez, lleve a este tipo al calabozo, no quiero verle más.

Mientras Domínguez le esposaba, él sólo oía el insistente eco de las palabras del sargento: “mi amigo el granjero”, y recordó al mozo de las maletas apenas balbuceando sus “gracias” cuando se llevaba sus maletas.

No, no volvería nunca a La Puebla del Alagarrobeño. Le esperaba una larga estancia a cargo del Estado, entre rejas. Allí tendría tiempo para pensar en la paciencia de aquel granjero que había esperado quince meses para tomarse su  quizás justa venganza.

***

viernes, 27 de junio de 2014

El águila y la liebre (del origen de lo literario)

al modo del viejo Esopo...
El águila y la liebre ( del
origen de lo literario)                                                          

Aprecia el placer de extender las alas y sentir como le sostiene el aire y le impulsa y le mece. El águila vuela ya lejos del nido. Atrás quedan los altos riscos, se extiende la llanura. Los campos dibujan escaques de trigo y vid en el valle donde serpentean senderos y se desperezan las aguas en los meandros del rio  No escapa a la penetrante mirada el súbito temblor de ramas en unos matorrales. Un temblor que habla de una presa que, seguramente, se considera a salvo.
Pliega las alas e inicia un picado que la acerca veloz,  y da vueltas, luego, pacientemente. Sabe que la presa saldrá de su cobijo en algún momento. El aire es más cálido junto a la tierra, donde amarillea el cereal y aguarda la siega.
De la vegetal maraña asoma las orejas una liebre de gris atuendo y panza blanca, y salta al sendero, temeraria.  De nuevo silba el aire hendido por el veloz picado de la rapaz. Y ese silbo en el fino oído de la liebre la inquieta tanto que, de un salto, se cobija bajo una gran piedra. Ciega de hambre, el águila dirige el rumbo hacía ella, y demasiado tarde se da cuenta de que no puede frenar a tiempo de evitar la dura roca. ¡Vaya batacazo! El águila se sienta porque los pies no la sostienen apenas.  Y lo peor no es el chichón en la cabeza, no; lo peor es que ha perdió una esquirla de su pico. Cuando vuelva al nido, cuando se reúna con las demás águilas en las altas cumbres ¿Cómo explicar ese accidente?  Vaya vergüenza, piensa. No recuerda a otra águila a quien le haya sucedido algo similar. Claro que ella siempre ha sido algo torpe; quizás la única águila patosa de una estirpe que presume de agudeza y habilidad suprema en los cielos.

- Vamos, vamos, no hay para tanto.
Asoma el conejo silverstre el hocico de debajo de su escondite. ¡Sólo le faltaba eso al águila, que una liebre sienta  pena de ella!
- Tú calla, que ya hablaremos… -contesta mal humorada; aunque de inmediato se da cuenta de lo absurdo de la situación: las águilas no hablan con las libres, nunca lo han hecho. Claro que, la que ha empezado, a sido la orejuda.
- Oyes, a mí me gusta tu plumaje, y los círculos morosos que dibujas en el cielo cuando me buscas.
Definitivamente, este conejo está chaveta, piensa el águila.
- Había venido a comerte.  Y todavía estoy a tiempo -dice, con intención de impresionar al parlanchín orejudo- Espera a que me recupere y verás. Si quieres un consejo, sal corriendo…
En lugar de atemorizarse, el conejo abandona totalmente el refugio y se planta entero delante de los ojos  acerados de la rapaz. Se le ve tranquilo, para exasperación del plumífero.
- Pero no me vas a comer, verdad. No es lo mismo caer súbito, por sorpresa, matar sin mediar palabra con la víctima, que ahora que nos conocemos. Y hemos hablado, ya me has hablado, sobre todo. Ahora somos iguales.
-¡Iguales! ¡Sí hombre, faltaría más!- su voz suena indignada, aunque advierte con sorpresa que en su corazón no siente esa indignación- ¡Iguales, de qué!
- Pues que compartimos palabras. ¿Sabes lo importantes que son las palabras?
- ¿Palabras?
- Si, palabras.
- ¿A mí qué más me dan las palabras? Son  sonidos, ruido… viento que se lleva el viento. A mí lo que me importa es el  aire que me eleva, el silbido del viento y la luz en el paisaje volador. A mí me importa el sabor de mis víctimas, la tibieza de su sangre goteando de mi pico, resbalando por mi lengua, hinchando mi gaznate. A mí lo que me importa es todo eso y llevarles alimento a mis crías, que me esperan ansiosas en el nido. ¡Palabras! ¡Bah!
- Oye, oye, no seas tozuda, no puedes negar lo evidente. Y lo evidente, ahora, es que estamos hablando, que tú me escuchas  y yo te escucho, que nos tocamos con palabras, ¡con palabras!
El águila se toca el chichón con la punta de un ala, meditando que hacer. La insolencia de la liebre le parece inaudita. ¿Cómo se atreve  a darle lecciones a ella, a la mismísima reina de los cielos? Pero necesita tiempo para recuperarse del batacazo; aunque ya puede ponerse sobre sus dos patas, todavía  se siente aturdida.
- Y dime, si eres tan sabia, amiga liebre: ¿qué son las palabras? - con algo hay que entretenerse, se dice maliciosamente la rapaz.
- Las palabras son todo, aunque no lo creas. Antes, cuando el mundo no tenía palabras, lo importante eran las cosas; pero nadie lo sabía. A las cosas, las palabras no les importan. Pero es porque las cosas son tontas hasta que las tocan las palabras. Porque las palabras, cuando aparecen, las transforman. Las cosas solas no son nada, pero tocadas por una  palabra, si es acertada, se convierten en poesía, o en futuro o en cualquier otra cosa. Las palabras son una varita mágica que transforma el mundo y lo hace vivir. Por eso, que estemos tú y yo hablando,  ahora, es tan importante. Nunca antes habían establecido charla un águila, con toda su realeza, con una liebre como yo. Eso no pertenece al orden de las cosas; pero ha sucedido, eso es ya innegable. Después de este día, las águilas hablarán con las liebres, simplemente porque pueden hacerlo. ¿Ves, ahora, cómo las palabras pueden cambiar el mundo?
El águila se va encontrando cada vez mejor, lo único que permanece es el aturdimiento que le causa esa liebre charlatana. Piensa en sus crías, que la aguardarán hambrientas en el alto nido; así que se lanza veloz sobre la liebre y le rompe el cuello con un gesto potente de su pico  fracturado.
Luego, toma el cadáver orejudo entre las garras y levanta el vuelo. ¡Qué contentos se pondrán los aguiluchos cuando llegue con el manjar! Siente la carne tierna hendida por sus garras  y el cálido sabor de la sangre en la boca.  Es feliz y quiere olvidar el batacazo con el que terminó su alocado descenso de antes, aunque es consciente del trozo de pico perdido en el trance. A las otras águilas les contará que se lo hizo en feroz combate con un jabalí  de grandes colmillos.

En eso va pensando, mas tarde, mientras contempla con satisfacción cómo sus aguiluchos despedazan el cadáver de la liebre con la voracidad propia de quienes todavía tienen que crecer.  Pero las águilas no son dadas a hablar, siquiera a contarse aventuras de caza. Cada cual va a lo suyo y, aunque vuelan en manada, nunca se dicen nada, apenas algún gesto para señalar donde se mueve alguna presa.
Cuando sus crías terminan, abandonan ahítas el pellejo de la liebre, con sus dos orejas colgando todavía. Sus huesos ya se confunden en el suelo del nido con los de anteriore víctimas.  Uno de los aguiluchos, juguetón, toma el despojo y lo zarandea con el pico alegremente hasta que se le escapa y cae fuera del nido, sobre las rocas de alto risco. Allí queda, al fin quieto, peinado por la suave brisa que sopla al mediodía.
El águila contempla aquel pellejo que un rato antes estaba lleno de palabras.  ¡Ah, la liebre sí que hubiera atendido al relato heroico de su batalla con un jabalí descomunal! Un relato, una mentira poética. Se va percatando la rapaz de cuán bella puede ser una invención. Y nota un raro pero entrañable sentimiento hacia la liebre, o lo que de ella queda. Y con un impulso que no se explica, toma el despojo y se lo lleva de un vuelo hasta la orilla del rio y lo entierra en un hoyo que con las garras escarba primero, y luego tapa.
Entonces,  ante la tumba de la liebre, siente la necesidad de decir alguna palabra.
- ¿Sabes, liebre amiga? Esta mañana salí de caza cuando despuntaba el sol. Como supondrás, tengo la obligación de buscar alimento para que mis aguiluchos crezcan sanos y fuertes. Así que surqué los cielos entre las altas cumbres nevadas y bajé luego al llano, en pos de alguna presa que poder llevarles. Pero andan mal las cosas últimamente y escasea el alimento. Ni un cordero perdido, ni una mísera liebre… Estaba realmente preocupada, sabes. Los hombres cada día son más voraces y cazan muchas piezas con sus potentes armas escupidoras de fuego y la ayuda de sus canes fieros. Al fin, vi que se movían ramas en un carrascal y me puse a dibujar círculos pacientemente, esperando que asomara algo en algún claro del bosque. ¡Oh, y asomó el jabalí más grande que nadie haya visto jamás, créeme! Debería haber esperado a que viniera otra presa más asequible a mis fuerzas, lo sé. Eso es lo que aconsejaba la prudencia. Pero yo, querida liebre, soy el águila más hábil y valiente que surca los cielos de esta región. Incluso puede que sea el águila más valiente que haya existido jamás. Así que me lancé rauda sobre el gigantesco jabalí, que se revolvió como un diablo al sentir mis garras sobre su lomo. La lucha fue bestial, a vida o muerte. Pero, como puedes ver, salí vencedora; aunque perdí un trozo de mi pico al chocarlo con uno de sus enormes colmillos.
Detiene el águila su relato, aspira la brisa que juega al escondite entre la umbría y las hojas, y mira a su alrededor.  Unas ramas transitan espirales en un remanso, el agua, dulce, espejea  y acarrea reflejos de azul y nube que se lleva rio abajo. Recuerda el aguila algo que la liebre ha dicho mientras ella se rascaba el chichón en la cuneta del camino: “Las cosas solas no son nada, pero tocadas por una  palabra, si es acertada, se convierten en otra cosa, en poesía…”
- Ay, liebre, amiga, cuánta razón tenías.
Son sus últimas palabras. Termina el responso.
Bate las alas de nuevo en las alturas, vuelve a sus cumbres y a su vida; pero ya no es la misma.


***

miércoles, 7 de mayo de 2014

Fantasmillas de Gea

por mi pueblo fantasmillas de gea susurran...
Fantasmillas de Gea


Es por los poros, estoy seguro. 

Me llamaréis paranoico; pero "ellos" han entrado en mí por alguna parte; y, tras pensarlo mucho, he llegado a la conclusión de que ha sido por los poros.

Fantasmillas de Gea. Hálitos de la naturaleza sin espíritu, sin alma como la que tenemos los humanos. Soplillos infernales, sin corazón que los aliente: sólo la materia vil. Eso son: mensajeros del Vacío. Han ido abriendo un agujero en mis entrañas que cada día es más y más grande, casi ya un abismo por el que en el momento menos pensado me precipitaré definitivamente; al menos, ese es mi mayor temor: despeñarme hacia dentro. 

Me estoy  haciendo materialista por los poros.

viernes, 20 de septiembre de 2013

Derivada de amor



Sobre tu cuerpo se volvieron locas las matemáticas... en un minúsculo verso universal. Es una manera de decir te quiero, te deseo... hoy que atardece tan bello, que hasta los números se quedan en suspenso, sin respiración.
Redondos como una flor. 






           Derivada de amor

Derivada de amor
La integral o la tangente: te quiero, te palpo,
Te acaricio suavemente.
Integral es mi deseo, algebraico, universal en lo que toco, sí
En tu piel se desvela la curva del infinito espacio
La oscuridad de tus agujeros tiende al infinito y quiero
Practicar contigo el cálculo infinitesimal del verso.


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sábado, 24 de agosto de 2013

y en tierras de este señor, los cocodrilos se han quitado el disfraz.






(In memoriam de aquellos sabios poetas del surrealismo, sobre todo de Arp y de Bretón. Empecé hace casi cuarenta años a escribir poemas como éste... bueno, como éste, no: han pasado cuarenta años casi.)



 

Poema del cocodrilo que quería ser hipopótamo.

no tengo porque guardar más corrección que los niños que tienen hambre de jugar en el parque sin mayor freno que su imaginación.
pues la noche no debería haberme alcanzado nunca
no me digas que esto es un poema, ni me digas que la lluvia amenaza de nuevo
porque la ruta del gusano es tan profunda como el vaso de leche por la mañana
y la mano de tu madre meciéndote todavía, TODAVÍA
como cuando las estrellas eran tu cuna y el firmamento
la frazada.

no, no tengo por  qué acudir a las medias palabras del hombre maduro
ni enseñar más corazón del que me resta todavía
(ése que sólo tú conocías,
¡oh, mujer marchita!)
ni tengo que decir nada  que no tenga en el bolsillo del  alma o la cartera de la piel
(no soy un cocodrilo aunque quisiera ser hipopótamo o luna )
no preciso socorrer la elipsis porque habito una tienda de campaña bajo el cielo mismo de las elipsis cosmogenéticas

me acuno todos los días en vuestras miradas
ajenos de nombre y alma: eso sois vosotros.

pero no lo sabéis, ni lo querríais saber si también fuerais acunados bajo ese firmamento de vacíos prolijos

(el cocodrilo es libre
el hipopótamo remueve la charca
y la luna se mira,
y Federico la está besando
oh, ilustre calavera
oh, ramillete fecundo)

así que no lo sabéis
sois pregunta sin respuesta, niebla
o tronco oculto de hojas innúmeras y hiedra fecunda y silenciosa
sois el árbol que calla en el bosque opaco mientras yo camino:
circunloquios y enredos; nada tengo.

la soledad no brilla como una estrella
no lo creáis
¡oh, no lo creáis!

cada uno de los cien pies del solitario
reza pasos a Onán
desdicha inevitable de ahogado que tragó su propio esperma
eco de sus propias oraciones: palabras enlazadas

pero no lo creáis
¡oh, no lo creáis!

*

lunes, 17 de junio de 2013

LA INQUIETUD DEL ERMITAÑO

LA INQUIETUD DEL ERMITAÑO



En el fondo del alma de los hombres existe un lugar donde casi nadie logra acceder. Ésta es la razón por la que frecuentemente tenemos la impresión de que los pensamientos que acuden a nuestra mente o las palabras que pronunciamos en una conversación surgen de la nada; aparecen como por arte de magia en nuestra cabeza y en nuestros labios frases que tenemos la sensación que no hemos pensado nosotros. Sin embargo, nos identificamos con ellas como si fueran nuestras, suponemos que forman parte de nuestro ser. Incluso, en ocasiones, seríamos capaces de dar la vida por defenderlas. Por defender nuestro derecho a pensar y a opinar.


Esos pensamientos, esas opiniones que no sabemos dónde nacen, tienen la fuerza de lo inexorable: no podemos cambiarlos. Aparecen, están, súbitos, ahí; y, antes de que los hayamos analizado mínimamente, ya los hemos proferido. Incluso, lo que ahora voy escribiendo, nace en la pantalla del ordenador antes de haberlo sometido a cualquier proceso crítico. Ahora bien ¿quién debería ejercer esa crítica? ¿Dónde habita ese mago invisible que dicta mis pensamientos?.

Resulta, entonces, que existe un lugar en el alma de todo hombre, de todos  nosotros, que desconocemos. Un espacio que no alcanza la vista, ni el oído. Un espacio fuera del Espacio, quizás. Es como si estuviéramos habitados por un desconocido que nos utiliza para que pronunciemos sus opiniones. Somos su marioneta, su robot, su siervo.

Claro, que me diréis: “pero, hombre de Dios, tu eres ese desconocido: nadie te habita, eres tú, tú mismo. Lo que ocurre es que no te conoces a ti mismo". Ya lo aconsejaba Sócrates “conócete a ti mismo”, pues es obvio que nadie se conoce a sí mismo y a los filósofos les gusta proponernos cosas difíciles.

Así, pues, construyo este discurso que ahora estáis leyendo sin saber lo que voy a decir, pero que he de suponer constituye mi opinión. “Hay, en el fondo de las almas de los hombres, un lugar al que casi nadie logra acceder”. Pues bien, puedo pensar (pensar: ¿qué es eso?) que yo soy eso y ése que desconozco.


Pero ¿y si no lo fuera? Y si realmente estuviese habitado por otro. Como en esas películas donde los extraterrestres ocupan cuerpos humanos de los que se han apropiado subrepticiamente. Como el ermitaño, habitaría en mí un parásito que, a su vez, me permitiría creer que pienso, que son mías las palabras que utilizo para existir, para sobrevivir como hombre en medio de los hombres.

En ese caso, lo que ahora aparece en la pantalla del ordenador –lo que tú, lector, estás leyendo- son las palabras de ese parásito que está intentando explicarse a sí mismo su existir. Porque él –en caso de ser así las cosas- también es un prisionero. Bueno, quizás no; quizá pueda cambiar de cuerpo a voluntad. Esa idea me inquieta.

Mi ermitaño se va, vale. ¿Eso significará mi muerte? A primera vista, eso parece: los muertos, antes de nada, dejan de hablar. Aunque podría ocurrir que otro ermitaño sustituyera al que se marcha… ¿por eso soy tan dado a cambiar de opinión?

Todo esto es un lío. Si alguno de vosotros ha estado en ese lugar oculto donde nacen las palabras, por favor, que me diga algo; que me saque de esta inquietud, de esta angustia que me posee y me aniquila.
Por favor, lo pido educadamente, como un buen filósofo. Como buen ciudadano, si queréis, o buena persona…

¿O es mi ermitaño el filósofo, el ciudadano, la buena persona que os está pidiendo auxilio?

Joder, no hay manera de aclararse con este asunto del nacimiento de las palabras y de las ideas. ¿Quién eres tú que llenas la pantalla de mi ordenador de letras y de frases de terrible y oscuro sentido? ¡Márchate! ¡No! No te marches por favor… ¿Tú eres yo? Ay.

Decidme, decidme algo, amables, terribles, buenos, turbios lectores. ¿Quiénes sois vosotros, eh? ¿También sufrís de esta ceguera, de esta ignorancia de no saber quiénes os habitan o quiénes sois?

¿Sabéis? Me planteo borrar todo lo que hay en la pantalla del ordenador. Lo señalo y le doy al “suprimir”, y ya está: es como si nunca hubiera existido. Como si yo me suicidara llevándome al otro conmigo a la nada.


¿Y si el otro soy yo?
¿Y si es el otro quién, para salvarse, me impide borrar estas palabras?
No sé por qué, pero voy a colgarlas en Internet.

Algo en mi interior exige perpetuarse. Y no puedo oponerme a sus designios: por eso estás tú, lector, leyendo ahora este discurso.

Y no puedes hacer nada para ocultárselo a tu propio ermitaño ¿no crees?.



***




jueves, 28 de marzo de 2013

Las hembras perdidas...

... pero alzo la vista más allá de la ventana y veo la desolación que anega un mundo antes bello. Entonces los versos crecen como la raíz de los espinos entre las otras raíces. Y siento tanto que sean estos, esos versos.


El desmoronamiento zumba y su zumbido todo lo llena.
Retumba bajo los pasos fatigados de la miseria
En los abrazos imposibles y perdidos,
En el llanto y en la risa que tirita neurasténica,
En el horror de la última miga del pan de trigo negro evanescente
Del huidizo último, sí último bocado.

Las farolas pueblan las calles de sombras.
Las farolas,
Desde su esbelta figura iluminada, amenazan que darán luz negra
Y en las esquinas les responden, meneando bolsos y caderas, las desfallecidas hembras.
Las hembras de España.

¿Quién ha rescatado del recuerdo  las bocas hambrientas?
¿Quién ha levantado las lápidas de la miseria?
¿Quién nos ofrece nuestra propia mortaja como alimento y se alimenta de ella?
¡Qué noche ha caído sobre mi tierra! Y en las esquinas, quién espera.

Mientras tanto. Oh, sí, mientras tanto
Las hembras de España.

Vendrán los sajones ebrios de cerveza
Vendrán este verano a España
Con el recuerdo de dos tetas bien puestas
La mirada inyectada y bovina, y dispuestos a devorar
Las hembras de España.

¿Quién?
Dímelo tú.
Ay, España, hembra en la esquina de Europa.

***
Nunca saliste de la caverna pero no lo sabías.
No sabías que el corzo huye de sus  soledades a la miseria
No sabías que eras tú -sí tú y no otro- la pieza del cazador
Porque nunca saliste de la caverna pero no lo sabías.

Remotos te llegan los llantos olvidados
Remota la noche que te pertenece retorna
Remota la lucha se te enciende pero no sabes qué hacer con ella.

***

Las hembras de España en tus sueños de gaviota mediterránea
Pasean dichas de flor de imposible y te desprecian porque se desprecian
Porque cuelgan de sus pechos niños famélicos y abecedarios callados.

Las dunas de este páramo son de roca y aristas
Sus sombras abominan la vida
Son las sombras  traspasadas de las hembras perdidas.

Una fuga en el pentagrama del  llanto es la melodía trágica que te avasalla.
Bates las alas sobre el mar sin olas ni horizonte
Sobre las babas babeantes de cerveza ¿recuerdas?

Huyen los pasos y dejan huérfanos zapatos como deseos anclados o muertos.
No hay camino caminante: el poeta yace bajo la tierra.
La boca del rapsoda se puebla de cuchillas sin lengua.
*
Y las hembras de España te miran y callan.
Y lloran las gaviotas por el cielo de miseria.
Amenaza un sol negro y frío, y tiemblas.
Y te vas, andando sin tus pasos,
Llorando sin tu llanto,
Hablando
Perdidos el discurso, la razón
Y el poema.