viernes, 26 de agosto de 2011

La Eficacia del Recuerdo.

El estruendo de la vajilla fregoteada por un camarero brioso, en suéter negro y mangas arremangadas, apenas deja oir nada en el bar.
Solo, en la mesa más alejada de la calle,   amparado en el eco de sus pensamientos, el viajero observa, distraído, los esfuerzos que los clientes -en la barra, en las mesas- realizan para hacerse oír. Achinan los ojos y giran el rostro  hacía el interlocutor. Esto de girar el rostro para oír mejor tiene su lógica, es una forma de acercar y enfocar mejor una de las orejas. Casi siempre la derecha, piensa el viajero; pero ¿qué sentido tendrá ese achinar de ojos en el afán de escuchar mejor? ¿Acaso  se hacen más grandes nuestras orejas cuando apretamos los ojos?
Como si sus manos pertenecieran a otra conciencia, sin detener el fregoteo, el del suéter negro y mangas arremangadas vigila con escuetas miradas por si algún cliente precisa algo; también, por si alguno se va sin pagar. De pronto, con el rabillo del ojo, ve a dos mujeres que se levantan y se van, dejando unas monedas sobre el ticket de la cuenta. Entonces,  deja de fregar y abandona la barra para recoger la mesa que han dejado vacía. En un periquete ha vuelto a la pica y reinicia su labor de limpieza. En el interludio, las voces han emergido como aparecidas, súbitas, liberadas por un instante del estruendo de la vajilla,  y el ruido de la calle a entrado por la puerta con su rumor de motores y la voz de un niño llamando a una tal Ana.
- ¡Ana, Ana! Que mamá nos espera. Ven ya.
Luego, cuando el camarero vuelve a trastear vasos y cubiertos, los rostros vuelven a girar y se achinan de nuevo los ojos. El viajero sonríe nostálgico, la voz infantil ha traído un recuerdo de infancia –la sonora fuente del jardín, la niña, su hermana pequeña, jugando, la puerta de la casa, entreabierta, y un aroma de comida que hierve en la cocina.
- Inés.
Murmura el nombre de su hermana. Hace cincuenta años, un Buik negro condenaba a la pequeña Inés a una silla de ruedas, de la que sólo se libraría veinte años después tras una larga enfermedad que la llevaría a la tumba con los veinticinco recién cumplidos. La fuente y él fueron los únicos testigos. Por un momento, su imaginación recobra el rechinar de los neumáticos quemando el asfalto en un inútil esfuerzo por evitar lo inevitable, y los gritos de la madre que sale corriendo tras la frenada tardía, y el silencio del pequeño bulto desmadejado que yace junto a la fuente, donde el terrible impacto ha lanzado a la pequeña Inés. Recuerda que, lo que más le impresionó, fue ese silencio. Una mudez de la que Inés saldría para acumular tristeza durante años, mirando como otros niños jugaban en la plaza desde su silla de ruedas, tras el cristal de la ventana de su habitación, con una dulce melancolía que ya nunca la abandonaría.
El recuerdo ha durado lo que dura un relámpago, como una luz brevísima iluminado un cuadro colgado la pared durante la nocturna tormenta.  Así son las evocaciones. La memoria se nos revela imprevista, un lugar oscuro del que brotan furtivas imágenes, casi siempre sin nuestro permiso. Acude como un rayo o un latigazo que nos hiere las más de las veces, piensa el viajero, sacudiéndose el lejano recuerdo de la silla de ruedas y su carga de dulce desolación.  Pero tiene otro cometido, medita, más importante la memoria: nos empuja. Impele nuestros actos desde dentro, articula nuestra sensibilidad para que se conjugue con el mundo que nos rodea de una determinada forma. No se puede pensar en el hombre sin acudir a lo que encierra su memoria, en eso nos diferenciamos de los animales: como es sabido, ellos viven el momento. Un animal -un perro, digamos- vive la vida como una sucesión de sensaciones; para él, la vida es lo inmediato. No sucede así con el hombre, no: el hombre vive, sobre todo, en sus recuerdos. Y llega el momento, cuando ya sabe próximo el final su vida, que se encierra en la memoria para poder vivir  un poco más; porque, para él, vivir es revivir, sobre todo cuando se agota el tiempo que se nos fue concedido.

Al fin, el camarero ha terminado de fregar; del naufragio sordo de la pica vacía, los ruidos del bar recuperan  protagonismo. Voces que se aminoran cuando se dan cuenta de que pueden ser escuchadas, ya, en las mesas vecinas; la música ligera del hilo musical, que llueve desde unos pequeños altavoces rectangulares distribuidos como una cenefa en lo alto de las paredes, envuelve las conversaciones.
Irrumpe, estridente, el claxon impaciente de un conductor exasperado. Una camioneta estorba, ahora, el tráfico. El camarero sale rápido y ayuda al repartidor a entrar cajas de bebida hasta el almacén que hay en el pasillo de los servicios, al fondo del local. Con las prisas, y el trasiego acelerado por el insistente claxon, una de esas cajas golpea en el hombro del viajero. El repartidor musita una excusa sin detenerse, convencido de la levedad del tropiezo.
 El viajero duda entre la indignación y la resignación. Le duele el hombro golpeado. Y el dolor le trae a la memoria las sensaciones olvidadas de cuando fue niño, delgaducho, feo y orejudo, vapuleado por inmisericordes compañeros de colegio empecinados en burlarse de él. Más dolían, entonces, las burlas que los golpes. Es sabida la crueldad de la que pueden hacer gala los niños, pero eso no es excusa; el viajero lo recuerda así, y opta, sin pensar, por la indignación.
-  ¡Mire por donde anda, estúpido!
Al escuchar el exabrupto, el repartidor, un joven de anchas espaldas enfundadas en un mono rojo con el logo de una marca de cerveza estampado, queda congelado en el pasillo, frente a la puerta del baño de las damas.
- ¿Qué? –pregunta o exclama, a un tiempo, sin girarse todavía.
- Que es usted un lerdo estúpido, torpe y mal educado.
Ignora por qué razón habla así, con labia tan humillante. Son los recuerdos, se dice.  Los niños del colegio, el Buik negro, el vacio de la silla de ruedas abandonada tras veinte años de dulce tristeza. Recuerdos de hoy, que no ha escogido. Y el claxon que no para de sonar, una y otra vez, insistente, despiadado, en la calle y en el bar.
La caja estalla en el suelo tras ser abandonada a su suerte, en el aire, por las recias manos del repartidor. El también tiene memoria. Hace dos años formaba parte del equipo ejecutivo de una  industria de categoría, con secretaria personal, potente auto de empresa, importantes emolumentos. Los ejecutivos no tienen salario, sólo emolumentos importantes. La empresa se fue al carajo, con su auto, su secretaria y sus emolumentos. Luego se llevó también su matrimonio, sus hijos, el piso de doscientos metros en la zona alta de la ciudad y el chalé de la sierra. Sin duda, el repartidor también tiene  memoria. De toda aquella felicidad perdida, de tanto piso de lujo, secretaria de turgencias conocidas en ese chalé durante un viaje de su primorosa mujer, de todo eso y más, sólo le ha quedado un objeto. Lo lleva siempre consigo, en el bolsillo del pantalón. Una pequeña pistola de mujer, con las cachas nacaradas, de calibre 32.
El viajero atiende asombrado al paso de todos sus recuerdos, con la mejilla sobre la mesa, los ojos vidriosos fijos en el charco de sangre que mana de su sien, donde ha atinado,  con puntería certera, el repartidor.
Realmente -piensa aún- la memoria nos empuja hasta el final del viaje, como el viento hincha el velamen de un bajel.
Después se apagan los recuerdos.
En el bar, el repartidor mira asombrado su propia mano, que sostiene el humeante arma que acaba de disparar a un perfecto desconocido.

domingo, 19 de junio de 2011

DIFICIL DECISIÓN

Teníamos que tomar una difícil decisión: ¿naranjas venecianas o plátanos murcianos?
Asunto peliagudo éste del postre. Alrededor de la mesa el público, compuesto mayoritariamente por familias –padres, madres, abuelas y nietos-, se aglomeraba expectante.
Amagué un gesto hacia las naranjas, lentamente. Un leve murmullo corrió entre la chusma familiar. No era suficiente para que detuviese el camino iniciado por mi mano; pero, cuando ya rozaba, casi, la rugosa piel de la veneciana, un grito se alzó sobre nosotros.
-¡Traidor! ¡Deberían colgarlo del cuello ahora mismo!
Retiré la mano inmediatamente, por supuesto.
¿Qué hacer? Llevábamos tres días así. Desde que, recién llegados a aquel extraño pueblo, nos invitaron a sentarnos en la mesa que había en el centro de la plaza para dirimir cuál, de ambas, era de nuestra preferencia. Advirtiéndonos que no podríamos levantarnos hasta haber tomado una decisión al respecto de qué fruta era mejor: las venecianas naranjas o los plátanos de Murcia. Parecía fácil; pero enseguida advertimos que, fuera cual fuere nuestra decisión, la parte defraudada nos castigaría cruelmente. Para aquellas gentes, aquello podía resultar divertido; pero, para nosotros, era horrible. Y doloroso. Ellos podían turnarse, ir a su casa, dormir, ducharse incluso; en cambio nosotros no podíamos abandonar nuestro puesto hasta haber tomado una decisión. ¡Una aparentemente pueril decisión! ¿Qué más dan una naranja o un plátano? Me dije al principio, hasta que dos de aquellos hombres se enzarzaron en una discusión que casi llega a los puños.
-¡El honor de Venecia!- gritó el uno, fieramente.
- ¡La dignidad de Murcia!- respondió el otro, amenazante.
Así levábamos unas largas cuarenta y ocho horas
En  fin, escogiéramos la fruta que escogiéramos, una de las dos facciones terminaría colgándonos de un árbol, como acababa de decir el último.
Dos días sin poder levantarnos, tomando sólo unos sorbos de té con leche, meándonos y cagándonos encima. Ya no podía más, la verdad. Me importaba un carajo lo que fuera a ser de nosotros. Al fin y al cabo, nuestro fin estaba escrito irremediablemente. Una soga y un árbol de ramas fuertes junto al camino.
Aspiré el olor rancio de mis orines y toqué, con un gesto veloz para no darle tiempo a mi brazo a arrepentirse, el plátano de Murcia.
Se hizo un silencio sepulcral al principio. Cerré los ojos esperando a que las manos de los partidarios de las naranjas de Venecia me cayesen encima, golpeándome y rodeando mi cuello con la definitiva corbata de cáñamo. Pero no sucedió nada de eso. Al contrario; para mi asombro, risas y comentarios jocosos nos rodearon inmediatamente. Abrí mis ojos para ver qué fenómeno era aquel.
Entre risas y bromas, se pagaban, unos a otros, cantidades diversas de dinero. Todo parecía haberse reducido a una apuesta.
- Bah, han caído enseguida –escuché que decía uno de ellos-Los anteriores duraron más tiempo.
- Los recuerdo, ¡cinco días ni más ni menos! –contestaba otro alegremente- Pero a éste ya le veía yo cara de panoli. Ja, ja. Págame lo que me debes.
En menos de diez minutos todos se habían marchado.
Nosotros permanecíamos allí, sobre nuestras heces y nuestra humillación, indignados y, al mismo tiempo, felices por seguir vivos.

martes, 7 de junio de 2011

AMOR A PRIMERA VISTA


Lo que más me gustó de ella era la manera cómo llevaba el bolso. Colgaba, con finas y largas asas de piel trenzada color fucsia, justo del inicio exacto de la elipse sugestiva de su hombro izquierdo. Resultaba asombroso que no resbalase y cayera. Por algún inexplicable sortilegio , una especie de ingravidez virginal emanaba de su delicado cuerpo, impregnando, a su vez, todo aquello que la tocase. Era como si la fuerza de la gravedad no fuera con ella, como si estuviera constituida de pura levedad: su carne, su piel, sus huesos -si es que tenía huesos, pues su arquitectura corpórea quizá no los necesitaba-  flotaban sobre el hall del hotel con una indiferencia insultante para quienes, pobres seres terrenales, hacíamos verdaderos esfuerzos para mantenernos erectos mientras tirábamos de las pesadas maletas camino al mostrador. Su bolso no, su bolso flotaba, como ella, indiferente a la gravedad, de ese pálido hombro espiral por el que hubiera deslizado mis dedos, la palma de mis manos, los labios y la lengua. Solo verla, tuve la oscura certeza que, si lamía una sola vez ese hombro de suavidad incontestable, de luz blanca y laberinto planetario, yo también flotaría para siempre; tal vez –me dijo una vocecita que se apagó como un eco perdido en una profunda sima - en un abismo. La atracción que me producía verla allí, insólita, como ajena al mundo, empezó a dolerme en el pecho, mientras me crecía un vació en la boca del estómago que quizás se apaciguaría si lograba acercarme a ella.
Cuando logré ponerme a su altura, con gran esfuerzo y abundancia de codazos y empellones –pues el hall estaba a rebosar y nos separaba una distancia sideral, y ella permanecía en el primer rellano de la gran escalinata, como esperando a alguien o, quién sabe, a que ocurriese algo terrible-  quedé absorto, mirando aquel hombro de tenaz hechicería. Me sentía atrapado en su rara belleza y, al mismo tiempo, incapaz de acercarme lo suficiente para hacer lo que ya era el único deseo que me animaba, tocarla, acariciarla.
De verdad, algo en ella era abismo. Toda la liviandad del mundo parecía concentrarse en su hombro, en el frágil equilibrio del bolso que pendía justo donde la nívea curvatura de ese mismo hombro apuntaba al vacio, y en el azul aguamarina de sus ojos. ¡Ah, sus ojos! Ahora que la tenía cerca sus ojos me fascinaron, como no podía ser de otra manera. Mantenía la mirada más allá de mí, pobre mortal que la admiraba, más allá del espacio que nos acogía  y cobijaba también un gentío al que yo había pertenecido hasta poco antes; una masa que empezaba a parecerme indiferente: un conglomerado ya indistinto, de carnes turísticas que se fusionaban y movían como las aguas de un rio perezoso, sin propósito apreciable. Aquellos ojos me atravesaban sin mirarme. Sólo porque yo los miraba se hacían dueños de algo nuevo que descubría en lo más intimo de mi ser, aunque sabía que estaba allí desde siempre, esperando ese instante y el insondable mar de su mirada. Por eso no me sorprendía nada; era como si, desde siempre, algo en mi interior hubiese sabido que llegaría aquel momento, que la encontraría a ella en el living de aquel hotel, y que mi vida ya no sería mía nunca más, porque era propiedad de su pura liviandad, anunciada en su bolso volátil de tiras trenzadas, en la curvatura abstracta de sus hombros perfectos y en el océano de sus ojos, rotundamente azules.
De pronto se estremeció. Fue un temblor leve, casi imperceptible al principio. Fuera lo que fuese, supe que algo la conmovía, algo terrible que estaba a punto de suceder.
Su mirada esbozó un aterrizaje en algún remoto lugar del hall. Entonces, brilló en el horizonte azul de sus ojos el reflejo de algo que intuí repentinamente como una amenaza, aunque ella no parecía temer nada, incluso asomó una sonrisa en sus labios. Con un tremendo esfuerzo conseguí apartar mis ojos de su imagen para buscar en el hall el origen de aquella sonrisa. De espaldas a ella, al fin, busqué entre el gentío, que recuperaba los perfiles y los colores festivos de las indumentarias, sin  hallar nada al principio. Familias enteras, parejas de novios, niños y ancianos, todos pegados a una o más maletas predominantemente azules y rojas, esquivando los grandes sillones de piel y las mesas redondas de roble que parecían ubicadas para entorpecer las acometidas de los turistas, pretendían asaltar el mostrador donde se atrincheraban varios recepcionistas que repartían, como podían, las ansiadas llaves. Botones y ordenanzas uniformados con casacas azules o rojas, como maletas con pies y botones dorados, se mezclaban y atendían, con la esperanza de una propina, a transeúntes de camisas floreadas, vestidos ligeros, deportivas y tejanos ajustados. Al fondo, giraba pesadamente la puerta del hall, con sus cuatro quesitos giratorios, emitiendo regularmente, de dos en dos, de tres en tres, oleadas de viajeros en el ya repleto salón.  Entonces, un ruido sordo, me hizo volverme de nuevo hacía el objeto de mi deseo.
¡El bolso había caído! Obviamente, tras resbalar de su hombro. Me dije que no podía ser, que era imposible que algo en ella no flotase. Si ella era la princesa del éter, como yo  pensaba desde que la vi por primera vez, ¿qué fuerza incógnita, qué maleficio, habían sucedido para que la gravedad del mundo la atrapase entre sus redes, como a cualquier mortal, en aquel preciso instante?
Recogí el bolso del peldaño de mármol de la escalera y se lo alcancé, mientras compactaba en mis labios una sonrisa de piedra. Todo empezaba a pesarme. El bolso, sus ojos menos azules ahora, menos océano de lo que me habían parecido antes, su hombro, menos espiral, en el que descubría sorprendentes lunares pardos, su boca de labios carnales que dijeron “gracias”.
Cuando se incorporó, tras sonreírme de nuevo, descendió por la escalera hasta fundirse con el gentío. La seguí, como hipnotizado, con la mirada. Atravesaba el hall, esquivando a quienes hallaba en su camino, decidida, levantando la mano, gritando “¡Manuel, Manuel!”.
Al fin, la vi fundirse en un abrazo con el tal Manuel, joven, moreno, fornido, encajado en una camiseta estampada, que la besó con pasión. Algo frágil se quebró en mi intimidad recién descubierta.
Los vi sumarse al asalto del mostrador y desaparecer luego engullidos por un ascensor, con las llaves de su habitación tintineando en las manos de él.
Necesitaba respirar. Subí los peldaños que faltaban hasta el rellano del primer piso. Me recibió un gran espejo barroco, de marco dorado. Me vi flaco, algo más encorvado que de costumbre, con mi camiseta del Real Madrid, los tejanos anchos, el rostro aún con la sonrisa  petrificada,  algo más viejo, calvo y cansado.
Cuando ya creía ser pasto de la depresión para siempre, una idea acudió para salvarme. Una idea redentora. Recuperé con ella mi sonrisa de siempre, algo más humana y feliz, y me sentí vivo como no me había sentido hacía tiempo.
No todos los días se enamora uno a primera vista.

martes, 31 de mayo de 2011



(La ventana de mi estudio tiene forma de media luna, metro y medio de alto y metro veinte de ancho, abierta al Pirineo. Esto es lo que hay, hoy)
Naturaleza en corazón: estructuras.
Estructura. La pantalla del ordenador ensaya abstraerme de la ventana de media luna que inaugura el paisaje. No puede; yo hago lo que quiero, aunque no siempre. Como todo el mundo.
La superficie de la mesa nos cerca –nosotros: teclado, mano, dedos, mirada- con objetos que amontonan el desorden y mi pereza. Libros, papeles, cosas; el vaso vacío del café con leche, donde la cucharilla remeda inclinaciones de Torre de Pisa; el estuche lila de caramelos de sauco; el diccionario –Ferrater Mora, filosófico mentor, señor-, y estuches de DVD’s, lápices, grapadora boca de cocodrilo, altavoces sin labios, lámpara apagada –son las nueve, hay suficiente luz de bruma- mechero aunque no fumo, reloj de pulsera con la esfera boca abajo -¿cómo sé la hora, pues?-, unas Escrituras de la Propiedad dormitando un tedio amarillento y enjuto, solemnidades que me cansan, cables, cajas, libretas, y un número de lotería que no tocó pero que mi ser supersticioso –también yo, fíjate- se niega a tirar a la papelera de bronce que me observa desde la pata izquierda de esta mesa de seres desertados, de alguna manera próximos. Como ellos, soy un desertor; aunque intento a olvidarlo y seguir escribiendo, viviendo a sorbos de letra y letra y letra. Prófugo de las multitudes que entonces –años y años- me acechaban. Desolado, extraviado quizás, aunque poco importa.
Zarpan mis fatigados, anhelantes ojos por esa ventana lunera tan grande como un hombre grueso. Como yo mismo. Grueso y viejo, rodando el lienzo quebrado de las montañas, único consuelo a mis ojos vencidos a fugaces calendarios. Polvoriento almanaque soy en este cuerpo derrotado; tránsito turbio de la memoria… (“¿Verdad, yo?”, así me hablo). Quiero navegar más allá de esta ventana.
Inmediatas, frente a mi ventana, las tejas grises, ocres y granas del tejado que se ha reparado Pedro este invierno inician el panorama: montañas y más montañas, y, a lo lejos, brumas. La lluvia tira del horizonte, todavía inalcanzable.
Las tejas grises, ocres y granas, precisas y acanaladas, arropan una soledad curva, un dolor que se dobla sobre sí mismo: una llaga en el vacío de este vecino que partió sin retorno cuando perdió su luna, su sol, su hembra. Una enjuta soledad que busca sendas para perderse y para olvidar. Mas la larga mano del amor fenecido tiende sus dedos como susurros de sombra por todos los caminos. Siento el dolor de este buen amigo, qué le voy a hacer.
Un sombrerete de hojalata cubre hoy la chimenea sin humo de su tejado vacio.
Más allá, copas que no son copas, sino multitudes de hojas verdes como los olivos, como la pena negra, como la gravedad terrena de los labrantíos que agitan la crin mojada de los surcos acuchillados por el arado y el tractor que guía la mano campesina. Bosques que no son bosque, sino altos cajigos, encinas y abetos. Alamedas donde corre el agua, helechos donde rige la umbría. Musgos y limos y piedras y tierra donde acaban las palabras y la intimidad impera. Nada es solo, nadie es solo. Un abrazo todo lo abarca y tiende: nada ni nadie existen más allá del mundo que tejen, pródigas, sus manos para mis ojos.
Estructuras de los días que crean mi ser, malabaristas del sentido. Diosas invisibles que manejan los hilos del corazón y las manijas del reloj que surcan los toboganes de la existencia, fuertes como el acero, invisibles como el mar de fondo que mece los navíos. Me arman, desde mi ventana de luna, artilugio de carne y pena: mecánica del dolor y física del desaliento. Perdí la fe por el laberinto límpido de mi mirada que apuntaba sin alcanzar… y súbitamente vio...
Repentino, un azul, en la lluvia que va cesando, rompe la bruma, y lejos, muy lejos ¡las montañas nevadas! Las altas cumbres del Monte Perdido, Hércules de pura luz blanca. Todo se mueve ahora, cambian los colores, el limo achica sus minúsculos caudales, el musgo murmura una oración de hasta luego, y las copas del bosque aspiran la luz que las ensancha. Se restituye la mañana. Una intuición de arco iris recorre las tierras en mi ventana lunera.
En la luz se erige de nuevo la vida. Asoma el vuelo agitado de las aves –arrendajos, mirlos, chochines- salpicando el éter de curvas y elipses sobresaltadas, y de trinos que enmudece la distancia.
Los ecos sordos de la nieve pueblan la mirada. No todo es desesperanza. Se edifica una sonrisa en el rostro de la mañana. Nada se perdió. ¡Ya me levanto como una atalaya!
Todo me eleva y soy, con todos, hombre al fin y al cabo.