domingo, 20 de noviembre de 2011

Lluvia de Letras en Secastilla (de los libros, del amor y de la muerte)

lluvia de letras en Secastilla.
(de los libros, del amor y de la muerte)

Salí del sueño con el corazón encogido. No había sido una pesadilla exactamente; un mal sueño quizás. O no.

Llovían las tildes sobre la copa de los árboles. En los caminos, las comas formaban hileras y los puntos se cruzaban como puestos de control, de esos que monta la Guardia Civil acechando delincuentes.  Colosales pájaros de alas rectangulares trazaban círculos de sombra en el cielo; llevaban inscritas las siglas RAE bajo las grandes alas que batían con inapelable lentitud.

Yo seguía la senda que va de Ubiergo a Secastilla, esquivando los controles de los punto y seguido, que comandaban, más rotundos, los punto y aparte. Caminaba por el linde de normas académicas. No sabía aún por qué, pero debía llegar a Secastilla. Era importante que lo hiciera cuanto antes, eso sí lo sabía. Apreté el paso; el viento arreció súbito. Más arriba del espacio donde las aves dibujaban círculos, se formaron unos nubarrones grises y apretados de letras en cursiva. Amenazaban tormenta, claro. Y empezaron a llover.

Pronto llegaría al cruce de los cuatro letreros. A la izquierda “Barasona”, como si el pueblo aún existiera, como si no llevase años durmiendo bajo las aguas plácidas del pantano que lleva su nombre; a la derecha, “Secastilla”, casi una aldea, mi destino. Salpicaban las letras llovidas del cielo, pocas y gruesas: presagio de tormenta. El cruce, al fin, suspiré aliviado. Antes de girar a la derecha, caí en la cuenta de que, a partir de aquel punto, ya no había árboles que me guarecieran.  Afortunadamente, junto a los carteles indicadores, alguien había olvidado una caja de cartón. Arranqué parte de sus laterales y me la puse en la cabeza a  modo de casco con visera. Las letras entablaron un pertinaz martilleo sobre mi casco de cartón; pero yo no andaba, sino que volaba o me deslizaba sobre el asfalto de la carretera de Secastilla. Detrás me pareció que los letreros del cruce se revolvían. “Ubiergo”, “Torreciudad”, los que había dejado  a mi espalda, se desgajaron del suelo y empezaron a golpear a los otros dos, que, incapaces de defenderse, terminaron hechos astillas, esparcidos por la calzada, donde sus letras (s e c a s t i l l a/ b a r a s o n a)  se hacían barro de tinta y asfalto con las llovidas. Esto lo vi con un ojo que me había nacido en el cogote. Me pareció natural.

Ya estaba en Secastilla. Lucía el Sol, la tormenta pasó. Recuerdo que respiré con alivio, por un momento había pensado que terminaría todo el valle bajo un mar de letras y barro. Me dije que lo que debía hacer primero era ir a la iglesia a agradecerle a Dios que nos hubiera librado de la lluvia de letras. Cuando ya me encaminaba hacia la calle Mayor, se me ocurrió que lo cierto era que si Dios nos había librado de la inundación, no era menos cierto que Él nos la había mandado. Detuve el paso.

Él nos la da, Él nos la quita. ¿Somos algo más que meras marionetas en Sus manos? Un torbellino de ideas como estas comenzó a bullir en mi cabeza y empecé a sentirme mareado, muy mareado.  Se abrió de nuevo el ojo de mi cogote, y vi, con él, que nuevos nubarrones, más densos, más oscuros, casi negros, se venían desde los llanos del Sur arrastrados por furiosos vientos. Debía apresurarme si no quería que me pillara de nuevo la tormenta. Me interné corriendo por la calle mayor; una calle angosta, de edificios estrechos de tres o cuatro plantas, desde cuyos balcones tuve la seguridad que me espiaban presencias oscuras, que se ocultaban tras las  raídas  y sucias cortinas, los visillos deshilachados o las persianas polvorientas.

Mientras corría, me preguntaba qué me había llevado hasta aquel lugar. Me perseguía mi mala conciencia, algo me atormentaba –en el puro sentido de someterme a una tormenta, de letras en este sueño-, pero no caía en cuál sería mi pecado. Cierto que no cuidaba de mis padres como debía y hacía tiempo que no iba a verles y los tenía algo abandonados, cierto que no me había esforzado en mi trabajo últimamente y muchas de mis obligaciones laborales dormían el sueño de los justos en el cajón de sastre de mi escritorio, cierto que dejaba sola a mi mujer en demasiadas ocasiones resolviendo asuntos que me correspondían, además, no hacía deporte hacía tiempo, perjudicaba mi salud con una alimentación desajustada, ni siquiera cuidaba de mi aspecto y vestía ropa sin planchar , dejaba de afeitarme más de dos días seguidos, y me cepillaba los dientes sólo de vez en cuando, lo que me producía una mal sabor de boca, que notaba incluso ahora, en este sueño atormentado, mientras las casas, tronadas y sombrías, de la calle Mayor de Secastilla corrían a mi alrededor  empujándome en la única dirección posible: hacia la plaza de la Iglesia.

Pero no llegué a la plaza de la Iglesia. Cuando las primeras letras ya caían sobre el adoquinado, dejando grandes manchas redondas, azules o negras, una mano surgida de un portal tiró de mí, cogiéndome de la manga, y me introdujo en el patio de una casa





“Quién eres”  una luz mortecina, derramada de un ventanuco mal cubierto con tela de rafia, apenas permitía ver los perfiles de las cosas que poblaban aquel lugar. La mano me había soltado en cuanto estuve dentro, y escudriñé las sombras buscando su propietario. Algo se balanceaba en un rincón, una sombra en una mecedora. “Quién eres”, repetí.  “Soy la Noche”, áfona, destemplada, la voz se mecía en la penumbra.

“¡Bah!”, no me lo creía, naturalmente. La Noche no cabe en una mecedora. “Tú no eres La Noche” añadí; ella callaba. ¿Me ignoraba, después de haberme metido allí casi a la fuerza? “Te repito que tú no eres la noche; así que dime quién eres” conminé, para cortar un silencio se hacía denso, que me pesaba y amenazaba con arrastrarme a algún lugar profundo y enajenado al que temía sin conocerlo.

“Soy tu Noche”

“Yo no tengo noche ninguna” contesté con rápido reflejo, aunque no me sentía ya muy seguro.

“Casi todos los hombre guardan una noche en su corazón” siseó su voz espesa, de cuya convicción no cabía dudar. Pero yo no estaba dispuesto a rendir mi razón con facilidad.

“Casi… ¿has dicho casi todos los hombres? Eso  implica que algunos no guardan esa noche de la que hablas en su corazón ¿no crees? Quizás yo sean uno de esos” añadí con esperanza, y cierto temblor indisimulado.

“No”

Las sombras eran porosas, mullidas, a nuestro alrededor y acogieron indiferentes el poco silencio que precedió a mi siguiente pregunta.

“¿Por qué no?”

“Yo soy tu Noche”

“Tú no estás en mi corazón, estás en una mecedora en este lugar, insólito y lúgubre, frente a mí, en la penumbra del triste ventanuco cubierto de rafia, entre las vagas sombras de objetos que pueden ser muebles, los unos; sacos a medio llenar de algo que desconozco, otros; y una mesa, y sillas, y un montón de libros, que ahora distingo apilados en aquel rincón y una virgen pálida en aquella hornacina sombría, ah, y ahora veo, en aquellos anaqueles de la pared del fondo, figuritas, fotos, tarros abiertos de esencias que se mezclan en el aire, ya, ya veo ahora… y más libros…” Cuántas cosas iban descubriendo mis ojos a medida que se acomodaban a la penumbra.

“Si, aquí están todas esas cosas que mencionas, y muchas más. Sólo has de querer verlas”

“Tú sigues en la mecedora, no en mi interior como has dicho antes. ¡Tú no puedes ser mi Noche en mi corazón!”, no sabía por qué, pero una indignación crecía junto a ese temor que me afligía casi desde que empecé a soñar este extraño sueño. Temía que la respuesta que debía venir ahora pudiera dejarme desnudo. ¿Desnudo? ¿Contra quién nacía, en realidad, esa indignación?

“Este lugar es tu corazón…. Y yo soy tu Noche, mal que te pese”, la mecedora ralentizó el ritmo de su balanceo, no podía verle los ojos aunque los sentía clavados en los míos. “No entiendo que  te moleste tanto aceptarlo… aceptarme… al fin y al cabo, siempre has sabido que estaba aquí. Me has intuido, me has cultivado incluso”

“Entonces, eres tú” dije, al fin rendido a la evidencia, ¿qué otra cosa podía hacer? Aceptar lo que, en el fondo de mi corazón, sabía: La Noche, mi noche. Ella callaba. Me pregunté si volvería a hablar. Lo hice yo, con palabras que supe antiguas..

“Mi Noche, sí. De ti nacen todas las cosas bellas y terribles del mundo que creo y habito. ¿Desde siempre? Quizás hubo un tiempo que nacían de la luz, entonces los sentimientos debían ser otros, el paisaje sería azul y los rostros de las buenas gentes no los velarían estas sombras que ocultan ahora sus intenciones. Pero ese tiempo pasó. No sé cómo, ni cuándo. Un día las sombras se alojaron aquí, entre mis libros, mis muebles, mi Virgen. ¡Ay, mi Virgen! Llena eres de gracia incluso en este sombrío lugar de mi alma. Corazón y alma: caballo y amazona; ¡galopad!, ¡galopad!  Sólo me queda galopar con ellos, sin otro rumbo que aquel que no debo nombrar. Y tú, mi Noche ¿Qué pretendes viniendo a visitarme en este sueño donde la tormenta no cesa?” Era verdad, se escuchaba el repicar de las letras en la calle, en las ventanas, en las tejas árabes de las casas, con furia como si quisieran derribarlas. Recordé el pueblo de Barasona que dormía hacía tanto tiempo bajo las aguas frías del pantano que le robó el nombre y la luz del sol. Cuándo despertase del sueño, ¿estaría Secastilla sepultada en un barrizal de tinta y frases perdidas? Quién sabe lo que pueden los sueños. “Mi Noche, tú me has traído aquí. ¿Qué me quieres?” insistí.

“No he sido yo, amigo mío”

“¿Entonces?”

“Ella vendrá pronto. Ten paciencia.” Sus ojos nocturnos, en mis ojos asombrados. “Sólo soy su enviado”

Bendito es el fruto de tu vientre. ¿No he de despertar de este sueño, ya?

“Ella… Dime, Noche, por qué hoy. Y esa lluvia de letras, y el run run de tu mecedora y la palidez azul de esta Virgen ¿sois necesarios? Siempre pensé que ella vendría sola. Y resulta que se hace esperar en este lugar al que me traes en sueños. Por que… es éste mi último sueño, ¿verdad?”

“Siempre buscando, exigiendo respuestas. Eres un niño aún, y no lo sabes. Y eres tu primer amor y su desengaño, eres el que traicionó y fue traicionado, y el que amó otra vez y otra más, y el que soñó cambiar el mundo y apenas conoció su aldea, jamás saliste de esta habitación sombría, aunque no lo sabías. Lo demás fue sueño, sólo sueño. Yo soy la realidad de tu corazón, tu noche, tus libros, los aromas que aspiraste y tu Virgen triste que te espera hace tanto tiempo. Soñabas, imaginabas que ibas por el mundo; sueño, sí… creer, aferrarte a lo que se ha de desvanecer con la arena en la clepsidra sin fondo de los tiempos. No me exijas que responda a lo que ya sabes y sólo te da miedo escuchar.”

Tenía razón. Sólo quedaba aguardarla a Ella. Pensé en mis libros, en mis amantes, en el abandono de todas aquellas personas a las que había querido, en algún momento, sobre todas las cosas, hacía tanto tiempo olvidadas como sin querer. Pensé que la vida era cansancio desde algún momento que no era capaz de identificar. ¡Con qué ímpetu se empieza a vivir! Pero el tiempo lo consume, y nos aleja de las cosas, de la belleza y del amor. Cada día que pasa nos sentimos más graves y más cansados, hasta que, sin que sepamos muy bien cómo ni cuándo, abandonamos las cosas y las personas amadas en un oscuro rincón del recuerdo. Desfallecemos sin saberlo. Ese día, el que sea, Ella inicia su camino para hacernos la última y definitiva visita.

“Quizá no sea la última” estaba allí, no importaba por dónde o cómo había entrado. Me estremecí al pensar que, en realidad, penetraba en mi alma; pues eso era aquel lugar, a decir de mi Noche.

“Nada existe fuera de tu alma” ella leía mis pensamientos y los interpretaba, “Ni la pequeña… ni las montañas nevadas, ni el tam tam de las aldeas africanas, o aquellas faldas que levantaste con mano temblorosa la primera vez. No, amigo mío, nada hay fuera del alma; aquí está todo. ¿Te preguntas si morirá contigo el último día de tu vida? Yo no tengo esa respuesta. Quizás sí. O no. Porque ¿qué significado tendría mi vida si los mundos que vengo a segar siguen vivos en su alma?”

“¿Precisa la Muerte un motivo? Ahora pretendes justificarte ¿para qué?”

“¿Ves, allí, amontonados, tus libros? ¿No has pretendido, acaso, justificarte con ellos?” me robó el argumento, la cenicienta presencia. “Escribías, leías, escribías ¿por qué?¿para qué? Yo te lo diré: ella era cada vez más grande, ocupaba mayor lugar en tu alma” señalaba, la manga huérfana de miembros de su lóbrega túnica, a mi Noche, que seguía en su rincón, meciéndose, atenta.

“Ahórrate el esfuerzo, señora Parca; el porqué, el para  qué, tanto dan. A mí no me importan. ¿Dices que era mi Noche quien dictaba las palabras que escribía? Puede que sea cierto ¡tanto da! Si te de ser sincero, pienso que la existencia humana se sustenta toda ella en una gran noche llamada Ignorancia. Nada sabemos, los hombres, de cierto.  Vivimos en la caverna de nuestra necesidad, como dijo el sabio. Llamamos “verdad” a lo que se ajusta a nuestros deseos, “justicia” a lo que nos favorece, “amor” a…”

“¡Calla!” ¿Se demuda el rostro de la Muerte? Qué ironía, ella, tan segura la creías y resulta que no soporta que nombres el amor, el amor…

“Si el amor, ese trampolín de la procreación…” insistí, quería provocarla, que palideciera su rostro umbrío.

“¡Tú!”… en su indignación, parecía que adivinaba lo que yo iba a decir.

“Libros de muerte, libros de amor, sí; por eso los  hombres vivimos ciegos. El Amor y tú nos deslumbráis, os amáis: ¿crees que no lo sé? Vamos, estamos ciegos, es cierto, pero no podéis ocultarnos ese juego. Cualquier adolescente podría dar lecciones sobre vuestros amores. Siempre de la mano, vosotros dos, el Amor y la Muerte, cabalgando sobre nuestro ser ínfimo, levantando el polvo de los caminos para cegarnos. Así son mis libros, no te falta razón; ahora lo veo. En la oscuridad de la noche se funden los cuerpos de los amantes; en la oscuridad, preludio de tu reino funesto. Los amantes buscan la noche, guarda de las intimidades; y, tras el placer, es tu sombra desmayada, muerte, la que se mece en el abrazo de los amantes ¿verdad? Tú y mi Noche, en el agotamiento gozoso del amor, preámbulo del abismo o fuente de mi ignorancia, en mis libros y en las sábanas manchadas del amor, donde se derrama la vida…”

“Bien lo ves ahora, amigo mío”, se ha calmó la Parca. Detecté cierta melancolía en su susurrar que me afirmaba.

“Y, ahora, que ya nos hemos reconocido, qué. ¿Me llevarás contigo?”

“No. Esto es un sueño”

Y desapareció.

Mi Noche seguía meciéndose en su rincón. Noté, una vez más, su mirada flotando en la oscuridad que nos arropaba. La oscuridad de mi alma, según había dicho antes.

“Adiós” dijo..

“Adiós” contesté; y me lancé por la puerta, hacia la tormenta.

Llovían finas letras, de forma intensa. Resbalaban por mi piel, dejando surcos que me avivaron. Había ganado una tregua, aunque sabía que Ella había de volver algún día.

Me estremezco, y este estremecimiento me despertó.

Tras los cristales, una lluvia de otoño, matinal, siseaba.


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