domingo, 1 de julio de 2012

LA HERENCIA O LA IMPORTACIA DEL DINERO

LA HERENCIA O LA IMPORTACIA DEL DINERO


¿Esperando al notario en el s. XIX?  Lancret.
Tardan
Tardan en llegar, se detienen en el camino por cualquier cosa, con cualquier excusa.
El niño, atraído por los escaparates, lo quiere todo: helados, juguetes, ropa, zapatos, revistas. La madre se para ante todos y discute con el niño la conveniencia de comprar esos objetos. Le cuenta que son muy caros y que no pueden permitírselos. Que ya tiene juguetes en su casa, ¿no recuerda el soldadito de plomo que le trajeron los reyes? ¿o el cochecito a pilas aparcado bajo su camita? Es un chaval educado éste, no berrea y se deja convencer por los argumentos de la madre. Y se detienen ante el siguiente escaparate y vuelven a lo mismo, él pide, ella argumenta.
A medida que se acercan a la notaría, sus paradas duran más tiempo. El sigue pidiéndolo todo, ella añade más argumentos a su discurso. ¿Otro helado? Pero si ya tomaste del que hay en la nevera antes de salir. No, esa camiseta es roja como la que te regaló tía Pepa ¿para qué quieres otra igual? No le apetece llegar. Va a que le lean la Herencia.
Murió arrollado por el tren de cercanías. ¿Qué hacía, a las tres de la madrugada, Juan en aquel lugar? Juan no tenía un huerto, ni siquiera era capaz de distinguir un patatal de una plantación de zanahorias. Para él todo lo que asomara de la tierra era hierba. Solo hierba. ¿Qué hacía a las tres de la madrugada, paseando por la huerta del Prat del Llobregat? Sobre todo ¿cómo se pudo caer a la vía justo cuando pasaba el cercanías a toda velocidad?
No, esa pistolita de agua, no. Eso es para el verano, y todavía es invierno. Juan había dejado herencia. Según decía la tía Pepa, más que herencia, lo que había dejado Juan era una Herencia con mayúsculas. No había motivos económicos. Eso, en el supuesto de que Juan se hubiese suicidado. Posiblemente, nunca lo sabría. Un resbalón, un mal pensamiento, quién sabe.
Al niño, le contó que a su padre lo había contratado la NASA para llevar una nave espacial a Marte de incógnito. El niño tenía mucha imaginación, le gustaban los cuentos y las películas de fantasía y de ciencia ficción. Es mejor tener un padre aventurero, perdido entre las estrellas, que suicidado entre los alcachoferos y patatales del Prat del Llobregat.
Una Herencia con mayúsculas. ¿Y si tía Pepa se equivocaba? Recordaba la historia de una amiga suya, con la que jugaba de pequeña, hija de familia de abolengo, a quien se le murió el padre súbitamente. Al escuchar la herencia, su madre sufrió una lipotimia: su ilustre marido sólo dejaba deudas. Así, que, su Herencia con mayúsculas, quizás era tan sólo una herencia irrisoria. Juan siempre había sido muy reservado con sus cosas. Pero el Notario la había citado solemnemente para leerle su Herencia.
Deja esa revista, es para mayores. Es el quiosco de enfrente de la Notaría. La última y concluyente parada.
*
Salen de la Notaría la madre y el hijo cogidos de la mano. Una sombra de lágrimas en los ojos de ella. El niño se va directo al quiosco, a las portadas de los comics de héroes y dibujos de colores. Abre la cartera y saca una moneda. Pero te lo has del leer, eh. Sabe que al niño sólo le atraen los dibujos. Cierra la cartera maquinalmente, ensimismada en lo ocurrido en la notaría.
Hasta ese momento, la Herencia se ha ajustado en la cartera de la madre. Lisa, cuadrada, con bordes ribeteados. Juan había dictado herencia meses antes de morir. El notario la ha leído con voz grave a ambas mujeres. ¿Tú quién eres? Yo… la esposa de Juan ¿y tú?
Vaya silencio mientras el notario hace que ordena los papeles.
Yo… soy la esposa de Juan. También, apostilla el notario. ¿Qué?, exclaman las dos mujeres. Don Juan Sarrablo y Mora, según confiesa en su testamento, mantenía dos familias desde hace mucho tiempo. Las de ustedes dos. ¿Cómo?, exclaman de nuevo las dos, como si hubiesen acordado previamente decir lo mismo. Don Juan Sarrablo y Mora, según su testamento, casó primero con la Señora X y, cinco años después, con usted. Levanta un momento la mirada del documento para mirarla. El notario intenta ser neutro en su actitud, en sus palabras, en el traje gris que viste. Sigue. El testamento me obliga a leerles lo siguiente: “a las dos os quise por igual, pero X fue la primera y con ella tuve cinco hijos, mientras que con la segunda sólo tuve uno, esa es la razón por la que dejo a X todos mis bienes, menos un sello raro de mi colección filatélica, valorado en más de trescientos mil euros según mis asesores, que lego a mi segunda mujer”
Para la otra, las casas, los autos, una cuenta de más de tres millones de euros, las acciones de la compañía Sarrablo&Cia SA. La primera en levantarse ha sido X. Ha firmado aceptación de su herencia y salido del despacho murmurando un “hijo de puta”.
Ella también ha aceptado la herencia. El notario le ha entregado el sello. Un papelucho marrón con una efigie defectuosa de Pepe Botella, fechado en 1808. El último sello del hermano del  emperador. Sólo se imprimieron veinte ejemplares, le dice el Notario. Si quiere, yo mismo se lo adquiero ahora por el precio que su difunto menciona en la Herencia. No gracias. Las lágrimas hacen borrosos los objetos del despacho del Notario. Coge el sello y se lo mete en la cartera. El dinero es lo que ahora le importa menos.
¿Cómo pudo hacerlo? ¿Cómo no me di cuenta? Se pregunta, con el niño de la mano, feliz, apretando el tebeo en su manita, como si de un tesoro se tratase. Y echa a andar.
Se para un transeúnte frente al quiosco. Compra el diario sin saber que su pie derecho pisa un papelucho marrón de la época de Pepe Botella. Cuando lo levanta, se ha hecho jirones, trizas, nada.
La mujer y el niño se alejan.
No es el dinero lo que ahora importa.
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