viernes, 27 de junio de 2014

El águila y la liebre (del origen de lo literario)

al modo del viejo Esopo...
El águila y la liebre ( del
origen de lo literario)                                                          

Aprecia el placer de extender las alas y sentir como le sostiene el aire y le impulsa y le mece. El águila vuela ya lejos del nido. Atrás quedan los altos riscos, se extiende la llanura. Los campos dibujan escaques de trigo y vid en el valle donde serpentean senderos y se desperezan las aguas en los meandros del rio  No escapa a la penetrante mirada el súbito temblor de ramas en unos matorrales. Un temblor que habla de una presa que, seguramente, se considera a salvo.
Pliega las alas e inicia un picado que la acerca veloz,  y da vueltas, luego, pacientemente. Sabe que la presa saldrá de su cobijo en algún momento. El aire es más cálido junto a la tierra, donde amarillea el cereal y aguarda la siega.
De la vegetal maraña asoma las orejas una liebre de gris atuendo y panza blanca, y salta al sendero, temeraria.  De nuevo silba el aire hendido por el veloz picado de la rapaz. Y ese silbo en el fino oído de la liebre la inquieta tanto que, de un salto, se cobija bajo una gran piedra. Ciega de hambre, el águila dirige el rumbo hacía ella, y demasiado tarde se da cuenta de que no puede frenar a tiempo de evitar la dura roca. ¡Vaya batacazo! El águila se sienta porque los pies no la sostienen apenas.  Y lo peor no es el chichón en la cabeza, no; lo peor es que ha perdió una esquirla de su pico. Cuando vuelva al nido, cuando se reúna con las demás águilas en las altas cumbres ¿Cómo explicar ese accidente?  Vaya vergüenza, piensa. No recuerda a otra águila a quien le haya sucedido algo similar. Claro que ella siempre ha sido algo torpe; quizás la única águila patosa de una estirpe que presume de agudeza y habilidad suprema en los cielos.

- Vamos, vamos, no hay para tanto.
Asoma el conejo silverstre el hocico de debajo de su escondite. ¡Sólo le faltaba eso al águila, que una liebre sienta  pena de ella!
- Tú calla, que ya hablaremos… -contesta mal humorada; aunque de inmediato se da cuenta de lo absurdo de la situación: las águilas no hablan con las libres, nunca lo han hecho. Claro que, la que ha empezado, a sido la orejuda.
- Oyes, a mí me gusta tu plumaje, y los círculos morosos que dibujas en el cielo cuando me buscas.
Definitivamente, este conejo está chaveta, piensa el águila.
- Había venido a comerte.  Y todavía estoy a tiempo -dice, con intención de impresionar al parlanchín orejudo- Espera a que me recupere y verás. Si quieres un consejo, sal corriendo…
En lugar de atemorizarse, el conejo abandona totalmente el refugio y se planta entero delante de los ojos  acerados de la rapaz. Se le ve tranquilo, para exasperación del plumífero.
- Pero no me vas a comer, verdad. No es lo mismo caer súbito, por sorpresa, matar sin mediar palabra con la víctima, que ahora que nos conocemos. Y hemos hablado, ya me has hablado, sobre todo. Ahora somos iguales.
-¡Iguales! ¡Sí hombre, faltaría más!- su voz suena indignada, aunque advierte con sorpresa que en su corazón no siente esa indignación- ¡Iguales, de qué!
- Pues que compartimos palabras. ¿Sabes lo importantes que son las palabras?
- ¿Palabras?
- Si, palabras.
- ¿A mí qué más me dan las palabras? Son  sonidos, ruido… viento que se lleva el viento. A mí lo que me importa es el  aire que me eleva, el silbido del viento y la luz en el paisaje volador. A mí me importa el sabor de mis víctimas, la tibieza de su sangre goteando de mi pico, resbalando por mi lengua, hinchando mi gaznate. A mí lo que me importa es todo eso y llevarles alimento a mis crías, que me esperan ansiosas en el nido. ¡Palabras! ¡Bah!
- Oye, oye, no seas tozuda, no puedes negar lo evidente. Y lo evidente, ahora, es que estamos hablando, que tú me escuchas  y yo te escucho, que nos tocamos con palabras, ¡con palabras!
El águila se toca el chichón con la punta de un ala, meditando que hacer. La insolencia de la liebre le parece inaudita. ¿Cómo se atreve  a darle lecciones a ella, a la mismísima reina de los cielos? Pero necesita tiempo para recuperarse del batacazo; aunque ya puede ponerse sobre sus dos patas, todavía  se siente aturdida.
- Y dime, si eres tan sabia, amiga liebre: ¿qué son las palabras? - con algo hay que entretenerse, se dice maliciosamente la rapaz.
- Las palabras son todo, aunque no lo creas. Antes, cuando el mundo no tenía palabras, lo importante eran las cosas; pero nadie lo sabía. A las cosas, las palabras no les importan. Pero es porque las cosas son tontas hasta que las tocan las palabras. Porque las palabras, cuando aparecen, las transforman. Las cosas solas no son nada, pero tocadas por una  palabra, si es acertada, se convierten en poesía, o en futuro o en cualquier otra cosa. Las palabras son una varita mágica que transforma el mundo y lo hace vivir. Por eso, que estemos tú y yo hablando,  ahora, es tan importante. Nunca antes habían establecido charla un águila, con toda su realeza, con una liebre como yo. Eso no pertenece al orden de las cosas; pero ha sucedido, eso es ya innegable. Después de este día, las águilas hablarán con las liebres, simplemente porque pueden hacerlo. ¿Ves, ahora, cómo las palabras pueden cambiar el mundo?
El águila se va encontrando cada vez mejor, lo único que permanece es el aturdimiento que le causa esa liebre charlatana. Piensa en sus crías, que la aguardarán hambrientas en el alto nido; así que se lanza veloz sobre la liebre y le rompe el cuello con un gesto potente de su pico  fracturado.
Luego, toma el cadáver orejudo entre las garras y levanta el vuelo. ¡Qué contentos se pondrán los aguiluchos cuando llegue con el manjar! Siente la carne tierna hendida por sus garras  y el cálido sabor de la sangre en la boca.  Es feliz y quiere olvidar el batacazo con el que terminó su alocado descenso de antes, aunque es consciente del trozo de pico perdido en el trance. A las otras águilas les contará que se lo hizo en feroz combate con un jabalí  de grandes colmillos.

En eso va pensando, mas tarde, mientras contempla con satisfacción cómo sus aguiluchos despedazan el cadáver de la liebre con la voracidad propia de quienes todavía tienen que crecer.  Pero las águilas no son dadas a hablar, siquiera a contarse aventuras de caza. Cada cual va a lo suyo y, aunque vuelan en manada, nunca se dicen nada, apenas algún gesto para señalar donde se mueve alguna presa.
Cuando sus crías terminan, abandonan ahítas el pellejo de la liebre, con sus dos orejas colgando todavía. Sus huesos ya se confunden en el suelo del nido con los de anteriore víctimas.  Uno de los aguiluchos, juguetón, toma el despojo y lo zarandea con el pico alegremente hasta que se le escapa y cae fuera del nido, sobre las rocas de alto risco. Allí queda, al fin quieto, peinado por la suave brisa que sopla al mediodía.
El águila contempla aquel pellejo que un rato antes estaba lleno de palabras.  ¡Ah, la liebre sí que hubiera atendido al relato heroico de su batalla con un jabalí descomunal! Un relato, una mentira poética. Se va percatando la rapaz de cuán bella puede ser una invención. Y nota un raro pero entrañable sentimiento hacia la liebre, o lo que de ella queda. Y con un impulso que no se explica, toma el despojo y se lo lleva de un vuelo hasta la orilla del rio y lo entierra en un hoyo que con las garras escarba primero, y luego tapa.
Entonces,  ante la tumba de la liebre, siente la necesidad de decir alguna palabra.
- ¿Sabes, liebre amiga? Esta mañana salí de caza cuando despuntaba el sol. Como supondrás, tengo la obligación de buscar alimento para que mis aguiluchos crezcan sanos y fuertes. Así que surqué los cielos entre las altas cumbres nevadas y bajé luego al llano, en pos de alguna presa que poder llevarles. Pero andan mal las cosas últimamente y escasea el alimento. Ni un cordero perdido, ni una mísera liebre… Estaba realmente preocupada, sabes. Los hombres cada día son más voraces y cazan muchas piezas con sus potentes armas escupidoras de fuego y la ayuda de sus canes fieros. Al fin, vi que se movían ramas en un carrascal y me puse a dibujar círculos pacientemente, esperando que asomara algo en algún claro del bosque. ¡Oh, y asomó el jabalí más grande que nadie haya visto jamás, créeme! Debería haber esperado a que viniera otra presa más asequible a mis fuerzas, lo sé. Eso es lo que aconsejaba la prudencia. Pero yo, querida liebre, soy el águila más hábil y valiente que surca los cielos de esta región. Incluso puede que sea el águila más valiente que haya existido jamás. Así que me lancé rauda sobre el gigantesco jabalí, que se revolvió como un diablo al sentir mis garras sobre su lomo. La lucha fue bestial, a vida o muerte. Pero, como puedes ver, salí vencedora; aunque perdí un trozo de mi pico al chocarlo con uno de sus enormes colmillos.
Detiene el águila su relato, aspira la brisa que juega al escondite entre la umbría y las hojas, y mira a su alrededor.  Unas ramas transitan espirales en un remanso, el agua, dulce, espejea  y acarrea reflejos de azul y nube que se lleva rio abajo. Recuerda el aguila algo que la liebre ha dicho mientras ella se rascaba el chichón en la cuneta del camino: “Las cosas solas no son nada, pero tocadas por una  palabra, si es acertada, se convierten en otra cosa, en poesía…”
- Ay, liebre, amiga, cuánta razón tenías.
Son sus últimas palabras. Termina el responso.
Bate las alas de nuevo en las alturas, vuelve a sus cumbres y a su vida; pero ya no es la misma.


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