viernes, 24 de abril de 2015

El Sombrero y el Presidente




 - ¿Estás seguro?
Lo mira, achina los ojos intentando un gesto de picardía poco adecuado a las circunstancias, y expele entre dientes un adarme de aliento para musitar una respuesta.
- Tú no puedes hablar: eres un sombrero.
En el fondo, sabe que tanto da. Afuera el mundo gira en torno a él.
- Lo que tú quieras, Presidente, pero llevo tanto tiempo cubriéndote la cabeza que me sé muy bien lo que pasa por ella. Y lo que le has dicho a tu mujer, no te lo crees ni tú.
- Los sombreros no hablan –insiste con desgana.
- Sólo hablo contigo, puedes estar tranquilo. Mi discreción es absoluta. Pero creo que me merezco alguna consideración. Además, a estas alturas, no me negarás el importante papel que desempeño.
- ¿Y qué? Pagué por ti buena plata y tengo el derecho...
-¡Ni una miserable lempira pagaste, tacaño! No mientas: pasaste la factura al Departamento de Estado para que abonase lo que yo cuesto. Bueno, yo y cien más como yo. Tú lo haces todo a lo grande, Presidente.
Para qué contestar: el sombrero tiene razón, los gastos de la Presidencia corren a cargo del erario público; también los sombreros del señor Presidente de la República hondureña.
Se levanta para mirar por la ventana, dando la espalda al sombrero, que queda solo, sobre la mesa. Los jardines de la embajada exhiben una geometría de setos recortados y figuras florales fruto de una mano primorosa de ensueños babilónicos y geométricos. El jardinero de la embajada debe ser alguien ordenado, poco dado al romanticismo. No hay improvisación en estos jardines; al contrario, las simetrías se muestran contundentes y los colores bien conjuntados. Todo es equilibrio. No hay lugar para que la naturaleza se exprese; es decir, no hay lugar para la libertad.
¡La libertad, ay! Enclaustrado en esta embajada desde hace días, no puede hacer otra cosa que aguardar acontecimientos. Y asomarse desde el torreón que da a la avenida para que sus seguidores sepan que está ahí, que permanece con ellos. Sin decir nada, pero con el sombrero puesto. Entonces, cuando ellos le ven, se siguen las aclamaciones y las carreras de los manifestantes huyendo de las fuerzas del orden.  Es increíble que las gentes sean capaces de saltar el cordón policial, arriesgándose a ser heridas por las porras eléctricas, las bolas de goma y el humo ácido de los botes para verle en el balcón. Si recupera la presidencia de la Nación, ordenará que expulsen a esos mandos militares y policiales de inmediato. Pero no por colaborar con el indigno golpe militar que le ha expulsado del poder, no. Hará que los expulsen por ineptos. Se pasan el día pidiendo equipamiento moderno, armas, carruajes, uniformes de camuflaje y no recuerda cuantos sofisticados utensilios de control y represión. Y siempre les concede lo que piden, no vayan a enojarse. ¡Y ahora son incapaces de impedir que unos cientos de hombres se manifiesten frente a esta embajada!
Eso es lo que le ha dicho, por teléfono, a su mujer hace pocos minutos: que los iba a cesar a todos. Y ha sido entonces, cuando ha colgado el auricular, que el sombrero le ha preguntado si estaba seguro. No es tonto este sombrero. Será que la inteligencia se contagia y con tantas horas pegado a su cabeza, algo habrá pillado. La verdad es que, cuando recupere la presidencia, no despedirá a estos militares. Cierto que sustituirá a alguno, otorgándole una pensión generosa para un retiro dorado. Pero la mayoría –entre ellos los que dirigen la represión contra sus seguidores- seguirán a su servicio. Con algunas concesiones, claro; pero seguirán en sus puestos. Bueno, también habrá que dar escarmiento  público sobre algún oficial o algún sargentucho de los que han disparado con bala de plomo. Se exigirán responsabilidades, claro. Si todo va bien, el jefe de los golpistas deberá ser exiliado.  
A ese sí que le odia. Y a los que conspiraron con él para derrocarle. Pero al “glorioso” ejército, a las “heroicas” Fuerzas Armadas, no se les toca ni un pelo. Ellas mismas elegirán a los cabezas de turco y en paz. ¡“Gloriosos y heroicos”! Ja. Si les conociesen como él los conoce. ¡Una panda de borrachos y puteros, es lo que son! ¿Nadie se ha preguntado por qué siempre, en las cercanías de los cuarteles, hay un burdel? Bueno, en este país, si a alguien se le ocurre hacer esta pregunta, lo enchironan ipso facto.
- Ves, yo tenía razón.
- Ya. Pero qué querías que le dijera a mi mujer. ¿Qué espero que, los mismos hijos de puta que nos sacaron de Palacio a punta de pistola ayer, mañana trabajen para mí? No es el momento, ya lo irá viendo cuando recuperemos el Palacio. Entonces, recuperadas prerrogativas de ser la primera dama, ya no le parecerá tan grave confraternizar   con ellos. La real politik, amigo mío, es así.
- Y tú ahora no eres más que un sombrero.
- ¡Qué! Oye, el sombrero eres tú. Redondito, con ala ancha y de fieltro blanco. Yo soy el presidente de la Nación.
-¡Ja!-
- ¿Cómo...? ¿Acaso no me ves? Con mi gran mostacho negro, mi mentón decidido, la nariz augusta y mis gruesas cejas que hacen temblar a todo dios cuando las enarco. ¡Soy el Presidente! Aunque me sacaron a empellones de Palacio cuatro soldaduchos y me quieran exiliar en un país vecino, sigo siendo el único presidente electo de la nación. Y ahora, que he vuelto a la capital de mi país, lo soy más. Aunque sea refugiado en la embajada de ese país amigo.
- ¡Ja!
- Si no lo crees, mira como me aclaman todos cuando salgo al balcón de la embajada. Mira..
- Me aclaman a mí.
-¿Que...?
- Lo que te digo. Y si no me crees: sal al balcón sin mí.
Es increíble lo que dice este sombrero. ¡Vaya desfachatez! A este paso, terminarán rebelándose hasta las criadas. En algo no le falta razón al golpista hijo puta que ahora se dice presidente: cuando dice que falta disciplina en este país. Si hubiera sido más riguroso en el trato con sus subordinados y con sus enemigos políticos, ahora no se vería en esta situación. Decide que, cuando vuelva a la presidencia, no será tan blando.
Mira la hora. Son las cinco de la tarde. Ha acordado que cada dos horas saldrá al balcón del torreón para dar ánimos al pueblo.
- Ahora vuelvo.
-Eh, te olvidas de algo.
-No, no me olvido de nada. Tú te quedas aquí.
Cuando sale se hace el silencio en el despacho. Tamizada por la fronda de los árboles, la luz clara de la tarde entra por la ventana. Sobre la mesita que hay frente al sillón,  el sombrero del presidente descansa junto al periódico y un cenicero con las cenizas aún calientes de un puro habano. Así, en una apacible soledad, pasan varios minutos. El silencio es casi total.
- ¡Joder!
Entra el presidente batiendo violentamente la puerta. Con paso decidido se planta frente a la mesa, alarga la mano en dirección al sombrero blanco; pero cuando sus dedos están a punto de rozar el fieltro, se detiene y duda.
- ¡Bah! –se dice- si los sombreros no hablan. Lo habré soñado.
Luego, sale del salón con el sombrero calado en la cabeza.
A cabo de unos instantes, por la ventana del tranquilo despacho, se escuchan –ahora sí- los fuertes vítores de los seguidores fieles al presidente Zelaya.

Fin
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