martes, 7 de junio de 2011

AMOR A PRIMERA VISTA


Lo que más me gustó de ella era la manera cómo llevaba el bolso. Colgaba, con finas y largas asas de piel trenzada color fucsia, justo del inicio exacto de la elipse sugestiva de su hombro izquierdo. Resultaba asombroso que no resbalase y cayera. Por algún inexplicable sortilegio , una especie de ingravidez virginal emanaba de su delicado cuerpo, impregnando, a su vez, todo aquello que la tocase. Era como si la fuerza de la gravedad no fuera con ella, como si estuviera constituida de pura levedad: su carne, su piel, sus huesos -si es que tenía huesos, pues su arquitectura corpórea quizá no los necesitaba-  flotaban sobre el hall del hotel con una indiferencia insultante para quienes, pobres seres terrenales, hacíamos verdaderos esfuerzos para mantenernos erectos mientras tirábamos de las pesadas maletas camino al mostrador. Su bolso no, su bolso flotaba, como ella, indiferente a la gravedad, de ese pálido hombro espiral por el que hubiera deslizado mis dedos, la palma de mis manos, los labios y la lengua. Solo verla, tuve la oscura certeza que, si lamía una sola vez ese hombro de suavidad incontestable, de luz blanca y laberinto planetario, yo también flotaría para siempre; tal vez –me dijo una vocecita que se apagó como un eco perdido en una profunda sima - en un abismo. La atracción que me producía verla allí, insólita, como ajena al mundo, empezó a dolerme en el pecho, mientras me crecía un vació en la boca del estómago que quizás se apaciguaría si lograba acercarme a ella.
Cuando logré ponerme a su altura, con gran esfuerzo y abundancia de codazos y empellones –pues el hall estaba a rebosar y nos separaba una distancia sideral, y ella permanecía en el primer rellano de la gran escalinata, como esperando a alguien o, quién sabe, a que ocurriese algo terrible-  quedé absorto, mirando aquel hombro de tenaz hechicería. Me sentía atrapado en su rara belleza y, al mismo tiempo, incapaz de acercarme lo suficiente para hacer lo que ya era el único deseo que me animaba, tocarla, acariciarla.
De verdad, algo en ella era abismo. Toda la liviandad del mundo parecía concentrarse en su hombro, en el frágil equilibrio del bolso que pendía justo donde la nívea curvatura de ese mismo hombro apuntaba al vacio, y en el azul aguamarina de sus ojos. ¡Ah, sus ojos! Ahora que la tenía cerca sus ojos me fascinaron, como no podía ser de otra manera. Mantenía la mirada más allá de mí, pobre mortal que la admiraba, más allá del espacio que nos acogía  y cobijaba también un gentío al que yo había pertenecido hasta poco antes; una masa que empezaba a parecerme indiferente: un conglomerado ya indistinto, de carnes turísticas que se fusionaban y movían como las aguas de un rio perezoso, sin propósito apreciable. Aquellos ojos me atravesaban sin mirarme. Sólo porque yo los miraba se hacían dueños de algo nuevo que descubría en lo más intimo de mi ser, aunque sabía que estaba allí desde siempre, esperando ese instante y el insondable mar de su mirada. Por eso no me sorprendía nada; era como si, desde siempre, algo en mi interior hubiese sabido que llegaría aquel momento, que la encontraría a ella en el living de aquel hotel, y que mi vida ya no sería mía nunca más, porque era propiedad de su pura liviandad, anunciada en su bolso volátil de tiras trenzadas, en la curvatura abstracta de sus hombros perfectos y en el océano de sus ojos, rotundamente azules.
De pronto se estremeció. Fue un temblor leve, casi imperceptible al principio. Fuera lo que fuese, supe que algo la conmovía, algo terrible que estaba a punto de suceder.
Su mirada esbozó un aterrizaje en algún remoto lugar del hall. Entonces, brilló en el horizonte azul de sus ojos el reflejo de algo que intuí repentinamente como una amenaza, aunque ella no parecía temer nada, incluso asomó una sonrisa en sus labios. Con un tremendo esfuerzo conseguí apartar mis ojos de su imagen para buscar en el hall el origen de aquella sonrisa. De espaldas a ella, al fin, busqué entre el gentío, que recuperaba los perfiles y los colores festivos de las indumentarias, sin  hallar nada al principio. Familias enteras, parejas de novios, niños y ancianos, todos pegados a una o más maletas predominantemente azules y rojas, esquivando los grandes sillones de piel y las mesas redondas de roble que parecían ubicadas para entorpecer las acometidas de los turistas, pretendían asaltar el mostrador donde se atrincheraban varios recepcionistas que repartían, como podían, las ansiadas llaves. Botones y ordenanzas uniformados con casacas azules o rojas, como maletas con pies y botones dorados, se mezclaban y atendían, con la esperanza de una propina, a transeúntes de camisas floreadas, vestidos ligeros, deportivas y tejanos ajustados. Al fondo, giraba pesadamente la puerta del hall, con sus cuatro quesitos giratorios, emitiendo regularmente, de dos en dos, de tres en tres, oleadas de viajeros en el ya repleto salón.  Entonces, un ruido sordo, me hizo volverme de nuevo hacía el objeto de mi deseo.
¡El bolso había caído! Obviamente, tras resbalar de su hombro. Me dije que no podía ser, que era imposible que algo en ella no flotase. Si ella era la princesa del éter, como yo  pensaba desde que la vi por primera vez, ¿qué fuerza incógnita, qué maleficio, habían sucedido para que la gravedad del mundo la atrapase entre sus redes, como a cualquier mortal, en aquel preciso instante?
Recogí el bolso del peldaño de mármol de la escalera y se lo alcancé, mientras compactaba en mis labios una sonrisa de piedra. Todo empezaba a pesarme. El bolso, sus ojos menos azules ahora, menos océano de lo que me habían parecido antes, su hombro, menos espiral, en el que descubría sorprendentes lunares pardos, su boca de labios carnales que dijeron “gracias”.
Cuando se incorporó, tras sonreírme de nuevo, descendió por la escalera hasta fundirse con el gentío. La seguí, como hipnotizado, con la mirada. Atravesaba el hall, esquivando a quienes hallaba en su camino, decidida, levantando la mano, gritando “¡Manuel, Manuel!”.
Al fin, la vi fundirse en un abrazo con el tal Manuel, joven, moreno, fornido, encajado en una camiseta estampada, que la besó con pasión. Algo frágil se quebró en mi intimidad recién descubierta.
Los vi sumarse al asalto del mostrador y desaparecer luego engullidos por un ascensor, con las llaves de su habitación tintineando en las manos de él.
Necesitaba respirar. Subí los peldaños que faltaban hasta el rellano del primer piso. Me recibió un gran espejo barroco, de marco dorado. Me vi flaco, algo más encorvado que de costumbre, con mi camiseta del Real Madrid, los tejanos anchos, el rostro aún con la sonrisa  petrificada,  algo más viejo, calvo y cansado.
Cuando ya creía ser pasto de la depresión para siempre, una idea acudió para salvarme. Una idea redentora. Recuperé con ella mi sonrisa de siempre, algo más humana y feliz, y me sentí vivo como no me había sentido hacía tiempo.
No todos los días se enamora uno a primera vista.
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