domingo, 19 de junio de 2011

DIFICIL DECISIÓN

Teníamos que tomar una difícil decisión: ¿naranjas venecianas o plátanos murcianos?
Asunto peliagudo éste del postre. Alrededor de la mesa el público, compuesto mayoritariamente por familias –padres, madres, abuelas y nietos-, se aglomeraba expectante.
Amagué un gesto hacia las naranjas, lentamente. Un leve murmullo corrió entre la chusma familiar. No era suficiente para que detuviese el camino iniciado por mi mano; pero, cuando ya rozaba, casi, la rugosa piel de la veneciana, un grito se alzó sobre nosotros.
-¡Traidor! ¡Deberían colgarlo del cuello ahora mismo!
Retiré la mano inmediatamente, por supuesto.
¿Qué hacer? Llevábamos tres días así. Desde que, recién llegados a aquel extraño pueblo, nos invitaron a sentarnos en la mesa que había en el centro de la plaza para dirimir cuál, de ambas, era de nuestra preferencia. Advirtiéndonos que no podríamos levantarnos hasta haber tomado una decisión al respecto de qué fruta era mejor: las venecianas naranjas o los plátanos de Murcia. Parecía fácil; pero enseguida advertimos que, fuera cual fuere nuestra decisión, la parte defraudada nos castigaría cruelmente. Para aquellas gentes, aquello podía resultar divertido; pero, para nosotros, era horrible. Y doloroso. Ellos podían turnarse, ir a su casa, dormir, ducharse incluso; en cambio nosotros no podíamos abandonar nuestro puesto hasta haber tomado una decisión. ¡Una aparentemente pueril decisión! ¿Qué más dan una naranja o un plátano? Me dije al principio, hasta que dos de aquellos hombres se enzarzaron en una discusión que casi llega a los puños.
-¡El honor de Venecia!- gritó el uno, fieramente.
- ¡La dignidad de Murcia!- respondió el otro, amenazante.
Así levábamos unas largas cuarenta y ocho horas
En  fin, escogiéramos la fruta que escogiéramos, una de las dos facciones terminaría colgándonos de un árbol, como acababa de decir el último.
Dos días sin poder levantarnos, tomando sólo unos sorbos de té con leche, meándonos y cagándonos encima. Ya no podía más, la verdad. Me importaba un carajo lo que fuera a ser de nosotros. Al fin y al cabo, nuestro fin estaba escrito irremediablemente. Una soga y un árbol de ramas fuertes junto al camino.
Aspiré el olor rancio de mis orines y toqué, con un gesto veloz para no darle tiempo a mi brazo a arrepentirse, el plátano de Murcia.
Se hizo un silencio sepulcral al principio. Cerré los ojos esperando a que las manos de los partidarios de las naranjas de Venecia me cayesen encima, golpeándome y rodeando mi cuello con la definitiva corbata de cáñamo. Pero no sucedió nada de eso. Al contrario; para mi asombro, risas y comentarios jocosos nos rodearon inmediatamente. Abrí mis ojos para ver qué fenómeno era aquel.
Entre risas y bromas, se pagaban, unos a otros, cantidades diversas de dinero. Todo parecía haberse reducido a una apuesta.
- Bah, han caído enseguida –escuché que decía uno de ellos-Los anteriores duraron más tiempo.
- Los recuerdo, ¡cinco días ni más ni menos! –contestaba otro alegremente- Pero a éste ya le veía yo cara de panoli. Ja, ja. Págame lo que me debes.
En menos de diez minutos todos se habían marchado.
Nosotros permanecíamos allí, sobre nuestras heces y nuestra humillación, indignados y, al mismo tiempo, felices por seguir vivos.
Publicar un comentario