martes, 29 de mayo de 2012

Expedición al Corazón del Ser

mucho tiempo después, sólo se halló de él este vestigio

El Corazón del Ser.

- Para ir al corazón del Ser.

Lo dijo levantando la voz.
El restaurante del Real Club Descubridores y Expedicionarios, enmudeció un momento. Más de una cabeza se giró indisimuladamente hacia ellos. Concurrían allí destacados miembros del Club, hombres intrépidos que habían realizado incontables descubrimientos a lo largo de los últimos dos siglos. Arriesgadas expediciones a tierras de caníbales sedientos de sangre, desiertos interminables donde se abrasaba hasta el alma, travesías por mares de perpetuas tempestades, por selvas de agobio y malaria. Una historia de heroicos descubridores en la que más de uno se había dejado la piel en el empeño. Grandes descubrimientos que les debían la patria y la ciencia. Donde ellos pusieron los pies ampliando los confines del mundo conocido llegaron, luego, la buena civilización occidental y la palabra de Dios. Se habían lanzado siempre los valientes miembros del Real Club de Descubridores y Expedicionarios a las más arriesgadas aventuras, por las más insólitas rutas y con las compañías más peligrosas, arriesgando la vida y el patrimonio con el único objetivo de ampliar los horizontes del progreso y la cultura del mundo occidental, cristiano, democrático y ordenado; y, también, por supuesto, por el afán de alcanzar fama y notoriedad.

-Para ir al Corazón del Ser.

Repitió estas palabras por si quedaba alguien que no hubiese escuchado lo que le estaba diciendo a Pepito Grillo, su viejo mentor, que estaba un poco sordo y parecía ser el último en el Restaurant en enterarse de lo que le estaba contando: que había decidido viajar a dónde nadie lo había hecho. Y eso que, a lo largo de la historia, lo habían intentado los hombres más honestos y esforzados, aquellos que conocemos como filósofos. Armados con la razón y sus múltiples herramientas, la lógica, la similitud, la analogía o el lenguaje; explorando las tierras fértiles de las Ideas, las arenas movedizas de los fenómenos, la soledad de la existencia, la soledad en que Dios nos dejó cuando recorrimos los vericuetos de la Ilustración...

Sí, todos ellos se habían dejado la piel en el empeño; algunos, enajenados, creyeron hallar la Verdad que se esconde el Corazón del Ser (y que, por otra parte, tan solo se le suponía…); aunque siempre, ella, la Verdad, se terminó mostrando falsa o esquiva. Claro que todo eso era pasado, pertenecía a la Historia. O a la mitología, como la Atlántida. Ahora, las cosas y la filosofía eran de otra manera.

-Te has vuelto loco –gruñó, entre dientes, Pepito Grillo, y pinchó con el tenedor el último pedazo de tarta que quedaba en la bandeja.- Ese viaje no lleva a ninguna parte. Muchos son los que lo intentaron. ¡Bah! Humo. Fracasos.

Sabía, el filósofo, que esta sería, más o menos, la respuesta de su mentor, quien lucía tres migas de pastel sobre su figura: una en la comisura de los labios y dos sobre el suéter de lana, donde empezaba la curva de su considerable barriga.

Admiraba a Pepito Grillo desde los tiempos en que acudió como alumno a las magistrales clases de lógica y teoría del lenguaje que impartía. De eso habían pasado veinte años.

-No hay Corazón del Ser que valga –insistió Pepito Grillo, tras dar un largo sorbo a la taza de té (con una nube de leche y sin azúcar)

No pensaba discutir. La decisión estaba tomada. El filósofo lo había meditado largamente. Durante años el proyecto se había ido perfilando en su mente, penetrando todas las Ideas, todas la relaciones, conmoviendo categorías y floreciendo en intuiciones difíciles de catalogar. Era una idea soberbia: ¡alcanzar el Corazón del Ser, menuda osadía!

Al principio, cuando pensaba en ello, le entraba una especie de vergüenza y se sonrojaba ante tamaña pedantería. Poco a poco, sin embargo, el proyecto se fue definiendo y, al mismo tiempo, ganando su propio corazón humano.

Desvistiendo su pensamiento de prejuicios positivistas, empíricos y demás palabrería técnico científica con la que el siglo XX había sentenciado a la filosofía, confinándola en una especie de cárcel conceptual y una ética del conocimiento estrictamente racional. Bueno, quizás sería mejor decir: una ética de apariencia racional. La ciencia y la Lógica del Lenguaje secuestraron la libertad del pensamiento; es decir: la libertad del filósofo. Quien se apartaba de ese camino era condenado inmediatamente y apartado de la comunidad académica, expulsado, finalmente, si no renegaba de sus principios, de los mismísimos edificios de la Universidad.

- El Ser es despiadado, amigo mío-  como el filósofo no le contestaba, Pepito Grillo añadió otra razón a su discurso- Ten cuidado: el Ser no tiene Corazón.

Levantó la mano para indicarle al camarero que trajese un nuevo trozo de tarta para Pepito Grillo. Sí; el viejo debía tener razón. Uno no debía fiarse del Ser, en su búsqueda unos se habían vuelto locos, habían perdido la fe, y se habían suicidado precipitándose en las profundas aguas existenciales con un pesado saco de pesimismo atado a los pies; otros, se habían acogido a la ceguera dogmática. Sin saberlo –o quizá bajo una oculta conciencia vergonzante-, los filósofos de los últimos tiempos, esos que se empeñaban en confinar la filosofía en el pequeño espacio de las relaciones lingüísticas, pertenecían a este último grupo; no eran más que unos sobrealimentados siervos del poder tecno científico de mercado: los nuevos dogmáticos. Para él, desde el descubrimiento de los números ocultos, no eran más que unos locos y mediocres, empeñados en construir la normalidad.

El camarero dejó sobre la mesa una bandeja con más tarta para el viejo, tras retirar la vacía; pero Pepito Grillo tenía los ojos clavados en él. Unos ojos acuosos, sin pestañas, con escasas patas de gallo sobre la mofletuda cara. El filósofo se estremeció al descubrir que los ojos de su mentor eran, ahora, más acuosos que nunca.

-No llores Pepito. Piensa que, si muero en el empeño, para mí habrá valido la pena. No puedo más con este vacío, con esta autocomplacencia estéril que me rodea. Que nos rodea. ¿Piensas que me engañas? No, amigo mío, no. Todavía ignoro lo que se halla en el Corazón del Ser, es cierto. Pero, en el fondo de tu corazón: ahí, sí sé lo que hay. Tú mismo me enseñaste a desconfiar de cualquier solución excesivamente fácil, a dudar ante la simplicidad que fundamenta todas las supersticiones y las rodea de sombras y amenazas para protegerlas. Para proteger, en el fondo, a quienes se benefician de ellas. – Decidió no pinchar un trozo de pastel, sentía un vacío en el estómago, un vértigo difuso por la inminencia de su viaje-. Y aquí hemos llegado. Yo mismo te sustituí en la Cátedra de filosofía del Lenguaje cuando te llegó la jubilación. Durante años llené la cabeza de mis alumnos con juicios contra cualquier pensamiento que no estuviese constreñido dentro de esa autodestructiva desconfianza. Autodestructiva para el corazón de los hombres, y para el paradójico corazón de la inteligencia que se olvida a sí misma, y, sobre todo, para soñar. Sí, viejo maestro, ¡para soñar!  ¿Qué es la filosofía sino la búsqueda de la Verdad entre los sueños de la Vida? Dímelo. Nada. La verdad es también un sueño, un dios evanescente en cuyo altar nos sacrificamos. Nos cortamos la coleta, toreros derrotados ante el escurridizo toro de la verdad. Y nos retiramos al asilo de la coherencia, de la lógica y el lenguaje. Toreamos ya solo alguna vaquilla inofensiva, de cuernos cortos, escuálida y trotar vacilante.

Pepito Grillo se pasó el dorso de la mano por la mejilla, donde una gruesa lágrima resbalaba dejando una estela triste de humedad.

-Una analogía, si quieres. No tengo otra cosa con la que empezar mi aventura, lo confieso. Pero siento que la verdad puede liberarse de esas cadenas si alcanzo el Corazón del Ser. Sí- hablaba ya más para sí mismo, que para su viejo mentor- una analogía, una metáfora de lo desconocido: esas son mis únicas armas, el céfiro escaso que ha de hinchar las velas de mi nave. Ahora, viejo amigo, es hora de que parta de una vez.

Estrechó la mano temblorosa y húmeda del anciano, y partió, dejando una estela de vehemencia a sus espaldas que provocó algún estornudo entre los doctos socios del Club, y poco más.
Pepito Grillo tardó unos minutos en levantarse y salir, él también, del Restaurant. En la mesa quedó, intacto, el trozo de tarta.

Del filósofo no se supo más. Ni siquiera fue inscrito en los anales del Club entre los héroes que dieron la vida en su afán de fama y aventura. Su nombre fue olvidado. Sólo Pepito Grillo pensaba en él de vez en cuando. Aunque murió poco después de su último encuentro.

Un extraño manuscrito, cuya caligrafía era bastante parecida a la del filósofo desaparecido, fue hallado entre sus pertenencias. En él se exponía  una teoría sobre la naturaleza de los números que fue declarada demencial por quienes tuvieron acceso a leerla. Este es un extracto del mismo:
“…pienso que quizá no me asisten los dioses de la razón. Hallé en un sueño una nueva forma de calcular. A los números me refiero. Dos más dos ¿son cuatro? Para quién sólo ve lo que hay delante de sus narices, esa adición es evidente. Tan evidente que la llaman “verdad”. Pero yo he visto los números que se ocultan tras los números. Si escribo (o digo; qué más da) “2+2”, lo que ahora veo son tres elementos “2”, “+” y “2”. ¡Tres! Entonces: dos más dos ¿son tres?, ¿son cinco acaso (3+2)?, ¿o son siete -4+2-, quizás? Porque el “3” que ha “visto” mi mente discursiva  se incorpora a la ecuación, salta y toma vida en ella. Entonces la Verdad huye de la coherencia de los números aparentes (categoría nueva que debería catalogar a toda la matemática y sus números-desde los naturales hasta los irracionales- realizada hasta hoy mismo). Los Números Ocultos los contienen, pero son más y están más allá del espacio euclídeo. Además, afloran al Ser y al Pensamiento de forma inmediata: incluso cuando suponemos que Pensamiento y Ser no son la misma cosa. Tamaño descubrimiento –despropósito dirán algunos- me llevó a la siguiente intuición, clara y precisa en un nuevo sentido cartesiano (pues descubría nuevos elementos en el Discurso del viejo René, tan ocultos como mis Números Ocultos): la Verdad se liberaba de la lógica, de la coherencia, de la esclavitud al modelo empírico matemático. Entonces surgió. Se elevó como un gigante renacido ante mí, creció por encima de las nubes recuperando la soberanía del espacio que jamás debió perder, se ensanchó por valles y mares y océanos. ¡Qué magnífico! ¡El Ser! Y pensé que si la Verdad existe, ha de tener morada en su corazón…”

 El manuscrito estaba fechado pocos días antes del encuentro que Pepito Grillo mantuvo con el filósofo en el Restaurant del Club de Expedicionarios. Remitido a las autoridades académicas, estas dictaminaron que fuese archivado en los sótanos de la Gran Biblioteca, entre los tratados de psiquiatría; y que no se hiciese copia alguna del mismo nunca más.

Tras su óbito, la casa de Pepito Grillo fue vaciada, esterilizada y pintada. Puesta en alquiler, al cabo de poco tiempo, la ocupó una matrimonio compuesto por un diseñador gráfico y una administrativa. Varios días después, mientras realizaba la limpieza, oculta tras un radiador, la joven administrativa se topó con una ficha que había escapado a la higienización del inmueble. Esa ficha, escrita de puño y letra de Pepito Grillo rezaba lo siguiente:

 “De lo que no se puede: ¿no se debe hablar? Bah.”

La buena mujer, tras leerla, estrujo el papel hasta convertirlo en un ovillo que tiró inmediatamente a la basura.
En su mente no permaneció ni una palabra ni afloró una duda. Era una buena ciudadana.

                                                                                  *

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