miércoles, 28 de enero de 2015

La felicidad del Cyborg.






El cyborg se sentía feliz. Libre. Acababan de cambiarle unas piezas y estaba encantado. ¡Ya era hora de que le hubieran sustituido las viejas piernas por ruedas! Hasta la semana pasada, antes de entrar en el taller, incluso tenía que abrocharse los zapatos voladores a los tobillos ¡en pleno siglo XXVI, qué atraso!

Sintió el leve “¡clik!” del chip bajo la piel sintética de su brazo cuando pasaba frente al cajero del supermercado. Le parecía un atraso, también, que a estas alturas los chips todavía sonaran para avisarle que acababa de pagar en una tienda o en un peaje de la autopista. “Bah, la humanidad avanza siempre a paso de tortuga”, pensó.

Pero hoy estaba feliz. Puso la directa; sus nuevas ruedas le lanzaron a más de 960 km/h por la autovía del Norte. Una hora más tarde, podía contemplar las cumbres de la sierra encendiéndose al amanecer. Siempre que podía acudía a ese lugar, lo que contemplaba allí  le hacía sentirse bien. , Delante de él, bandadas de estorninos dibujaban geometrías en el firmamento; y por todas partes los manantiales, las fuentes y riachuelos le arrullaban con su cristalina canción eterna. Por supuesto, todas esas sensaciones estimulaban recuerdos artificiales grabados en su memoria superinformada. Se preguntó cuál sería la cifra de inputs que habría recibido su cabeza desde que nació. Millones, seguramente. La belleza de aquel amanecer era estimulante. Decidió incrementarla echando mano del depósito de adrenalina que se implantó el año pasado. El amanecer se hizo más luminoso, de colores encendidos más brillantes, la sinfonía de las fuentes se vio aderezada con pájaros barítonos, los grillos batían su innúmera batería, las aves, las plumas como pinceles, trazaban perfiles de poesía en el éter, la brisa acariciaba la cabellera nailon de su melena… ¡Ah, que feliz estaba el cíborg aquel día!

¡Sus nuevas ruedas le habían llevado al  cine del norte en mucho menos tiempo que sus viejas piernas! ¡Ahora sí que podía disfrutar de aquellas películas 3D del cine Islandés casi de inmediato!
Porque lo que más apreciaba el cyborg, era la inmediatez, la velocidad. Sobre todo la de la información. Pensó que, el día de mañana, los hijos que nacieran de su esperma congelado podrían acceder a muchísimos más datos de los que él habría podido soñar. Pero la ciencia tiene sus ritmos, requiere su tiempo. La sustitución de los cerebros orgánicos por sintéticos no sería una realidad hasta la próxima generación, dentro de unos doscientos años. Para entonces, el cyborg habría sobrepasado la edad recomendable para los trasplantes.

En fin, cuando salió del cine sintió de nuevo el click en el brazo. Otra vez. Ese click le exasperaba. ¡Cómo odiaba ese ruidito impertinente que le recordaba sus obligaciones con el Gran Progenitor Informático! ¡Así no había quien se sintiera libre!

Lanzó sus ruedas a más de 850 km/h y no desaceleró cuando llegó a una curva de velocidad aconsejada menor a 170 km/h. En su brazo, el chip se volvió loco de clicks, poniéndole multas a la velocidad de la luz. Pero él aceleró todavía más. Por una vez no iba a hacer caso del Gran Progenitor.

Así terminaron sus días, con el seso orgánico estampado en un árbol de aluminio (hacía años que los de madera habían sucumbido a la industria papelera), bajo el cielo siempre gris, sin sol ni luna, del futuro virtual.

Todo, por culpa de una avería en el dosificador de adrenalina.  

fin.
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